Oración por los enfermos

Compartir En

En la Basílica de Santa María de Trastévere se reza por los enfermos.
Recuerdo de la oración por los nuevos mártires del siglo XX presidida por Juan Pablo II, durante el Gran Jubileo del año 2000, en el Coliseo en Roma junto a los representantes de las Iglesias cristianas.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 15,26-16,4

Cuando venga el Paráclito,
que yo os enviaré de junto al Padre,
el Espíritu de la verdad, que procede del Padre,
él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio,
porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto
para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas.
E incluso llegará la hora
en que todo el que os mate piense que da culto a Dios.
Y esto lo harán
porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto
para que, cuando llegue la hora,
os acordéis de que ya os lo había dicho.
«No os dije esto desde el principio
porque estaba yo con vosotros.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Señor vuelve a confortar a sus discípulos: es verdad que pronto se separarán, pero ya no para alejarse. De hecho, el amor que les ha unido y que les ha hecho caminar juntos hasta Jerusalén, no terminará y la nueva condición de resucitado le permite estar siempre con los discípulos, adondequiera que vayan. El amor de Jesús, podríamos decir el amor cristiano, no termina con el final de la cercanía física. Después de la Pascua, Jesús mismo pide a los discípulos que se confirmen en la fe los unos a los otros y que testimonien al mundo el amor que les ha unido a él y que sigue guiándoles por sus caminos. El amor que el Señor derrama en sus corazones desciende de lo alto; es un don especial de Dios y es un amor extraordinario, pues se multiplica viviéndolo y disminuye hasta apagarse si no se ejercita. Les dice: "Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí". El Espíritu del amor que procede del Padre es transmitido a los discípulos por el Hijo, su fuerza suscita una amistad y un cariño que les une de forma estable y fuerte, hasta el punto de hacerles capaces de testimoniar la misma fuerza del Espíritu. El testimonio de este amor por parte de los discípulos suscitará siempre contraposiciones y hostilidades, les advierte Jesús, por parte de quien no lo conoce, y los enemigos intentarán poner en peligro la vida misma de los discípulos. Es la triste realidad de las persecuciones que aún hoy se abaten sobre los creyentes. Pero los discípulos no deben tener miedo ni mucho menos debilitar la confianza en su Maestro. Jesús no deja a los suyos sin recursos a merced de las fuerzas ciegas y perversas del mal, sino que les advierte: "Os he dicho esto para que no os escandalicéis". El Señor no abandona a los suyos a su destino, sin duda sobre los discípulos pesa una gran responsabilidad, la de comunicar el Evangelio del amor gratuito a este mundo nuestro, para que se aleje del mal.