Memoria de los santos y de los profetas

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Para los musulmanes empieza el mes del Ramadán.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 17,11b-19

Cuando estaba yo con ellos,
yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado.
He velado por ellos y ninguno se ha perdido,
salvo el hijo de perdición,
para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti,
y digo estas cosas en el mundo
para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra,
y el mundo los ha odiado,
porque no son del mundo,
como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo,
sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo,
como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad:
tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo,
yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo,
para que ellos también sean santificados en la verdad.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús acaba de dirigir al Padre la invocación para que proteja a sus discípulos. Hasta ahora ha sido él personalmente, quien los ha reunido -los ha llamado uno a uno-, instruido, corregido, defendido y llevado por el camino de la salvación. Los ha conservado a todos menos a uno, Judas, que prefirió seguir sus designios distanciándose del designio de Jesús. Aquellos once, de todos modos, estaban a punto de quedarse solos, sin su presencia física; y Jesús sabe perfectamente que deberán hacer frente a pruebas muy duras. Por eso se siente preocupado por ellos. ¿Serán capaces de resistir los ataques del maligno que intentará por todos los medios alejarlos de él y del Evangelio? Sabe que la división entre ellos los convertiría en presas fáciles del maligno; y reza: «Para que sean uno como nosotros». La unidad entre el Padre y el Hijo se convierte no solo en el termómetro de la autenticidad de los discípulos, sino también en la razón de la vocación cristiana. La salvación es la comunión de todos con el Padre y el Hijo; y en la comunión encontramos la plenitud de la alegría, como el mismo Jesús dice: "para que tengan en sí mismos mi alegría colmada". La alegría de los discípulos no es el optimismo fácil y evidente, sino el compromiso por abatir las divisiones para crear la comunión entre todos. La obra del creyente choca con la mentalidad individualista de este mundo y el choque es inevitable. Es una lucha que empieza en el mismo corazón para erradicar el instinto egocéntrico y que continúa en la sociedad. Jesús no reza para que sean retirados del mundo, pues sería la negación misma del Evangelio. Más bien, los cristianos son llamados a ser la levadura de fraternidad en el mundo. Esa es su vocación: transformar el mundo para que sea cada vez más un mundo de fraternidad y de amor entre todos. Jesús reza en ese sentido: «Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo». Hay como un hilo conductor que une el corazón de la Trinidad, cuando el Hijo le dice al Padre: «Heme aquí: envíame», con el envío en misión por el mundo de los discípulos de todos los tiempos por parte de Jesús para que sigan cumpliendo la obra de Dios.