Oración por la Paz

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En la Basílica de Santa María de Trastévere se reza por la paz.
Recuerdo del padre Christian de Chergé, prior del monasterio trapista de Notre Dame del Atlas, en Tibihirine en Argelia, secuestrado y asesinado en 1996 por los terroristas, junto a seis de sus hermanos.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 9,14-29

Al llegar donde los discípulos, vio a mucha gente que les rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos. Toda la gente, al verle, quedó sorprendida y corrieron a saludarle. El les preguntó: «¿De qué discutís con ellos?» Uno de entre la gente le respondió: «Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, le derriba, le hace echar espurnarajos, rechinar de dientes y le deja rígido. He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.» El les responde: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo!» Y se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al muchacho y, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos. Entonces él preguntó a su padre: «¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?» Le dijo: «Desde niño. Y muchas veces le ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros.» Jesús le dijo: «¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!» Al instante, gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!» Viendo Jesús que se agolpaba la gente, increpó al espíritu inmundo, diciéndole: «Espíritu sordo y mudo, yo te lo mando: sal de él y no entres más en él.» Y el espíritu salió dando gritos y agitándole con violencia. El muchacho quedó como muerto, hasta el punto de que muchos decían que había muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le levantó y él se puso en pie. Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?» Les dijo: «Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús baja del monte de la Transfiguración y se encuentra con los discípulos que se han quedado en la llanura y discuten con los fariseos. El motivo de la discusión es la incapacidad de los discípulos para curar a un joven epiléptico. El padre de este muchacho quería llevarle hasta Jesús para que le curara y al no encontrarle le lleva ante los discípulos. Sin embargo, ellos no consiguen realizar la curación. ¡En verdad, cuántas veces, incluso hoy, las comunidades cristianas no logran curar a los enfermos, aliviar a los afligidos de su desesperación, volver a dar la confianza y la esperanza a quienes la han perdido o a quienes les cuesta tenerla! Y muchos enfermos permanecen destrozados por su tristeza y por su soledad. Realmente nada es posible para los cristianos sin el Señor como Jesús había dicho: "Separados de mí no podéis hacer nada", pero el orgullo ciega también a los discípulos y les hace impotentes cuando piensan prescindir del Señor. En cualquier caso, el padre del muchacho, al no curarse por las diatribas teóricas lanzadas entre los fariseos y los discípulos, se dirige directamente a Jesús para que intervenga personalmente y cure a su hijo. Jesús le dice: "¡Todo es posible para quien cree!" y el padre dice: "¡Creo, ayuda a mi poca fe!" Jesús, al ver aquella fe, sencilla pero verdadera, ordena al "espíritu sordo y mudo" que salga de aquel joven. El amor y la fuerza de Jesús son más fuertes que el "espíritu" inmundo: toma al joven de la mano y le levanta a la vida. A los discípulos, que piden explicación de su impotencia, Jesús les responde indicándoles la fuerza de la oración. Ellos ni siquiera la habían tenido en cuenta. Por aquí viene su impotencia. Esta página del evangelio vuelve a apelar a las comunidades cristianas de hoy para que retomen e intensifiquen la oración por la curación de los enfermos, tanto los que están cerca como los que están lejos. Es un arma poderosa de amor que Jesús ha puesto en las manos de los discípulos y que hay que volver a practicar con urgencia.