Memoria de la Iglesia

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Recuerdo de san Ireneo, obispo de Lyon y mártir (+202). Fue desde Anatolia hasta Francia para predicar el Evangelio.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 7,21-29

«No todo el que me diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Y entonces les declararé: "¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!" «Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina.» Y sucedió que cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Estas palabras cierran el discurso de la montaña, el primer gran discurso de Jesús en el Evangelio de Mateo. Al inicio encontramos una palabra fuerte: será digno del Reino solo aquel que «haga la voluntad del Padre» y no aquel que simplemente invoque el nombre del Señor. Juan Crisóstomo, estigmatizando la pasividad con la que los cristianos de su tiempo participaban en la liturgia del domingo, porque no les comportaba ningún cambio en su vida, decía: «¿Acaso creéis que el fervor espiritual consiste simplemente en venir continuamente a la celebración de la Divina Liturgia? Eso no sirve para nada si no obtenemos algún fruto: si no sacamos ningún partido ¡es mejor que nos quedemos en casa!». Y paradójicamente añadía: «La Iglesia es una tintorería, y si os vais siempre sin haber sido teñidos en lo más mínimo, ¿de qué sirve que vengáis aquí continuamente?». Y el significado de la expresión «hacer la voluntad del Padre» se explica varias veces en el Evangelio, como cuando Jesús afirma: «Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día» (Jn 6,39). Jesús vino para eso y nosotros estamos llamados a hacer realidad, junto a él, este sueño. Para los discípulos se trata de poner en práctica lo que está escrito en el Evangelio, como el mismo Jesús dice: «Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca», mientras que quien «no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena». El ejemplo continúa: llegó la lluvia, los ríos se desbordaron, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquellas dos casas; son las tormentas de la vida que todos sufrimos. Pues bien, la primera casa, edificada sobre roca, resistió; la otra, edificada sobre arena, se derrumbó. Son dos imágenes eficaces con las que Jesús compara a quienes escuchan el Evangelio con constructores. Es una palabra que se nos da para construir nuestra vida sobre unos cimientos sólidos y estables. Cada día, pues, el discípulo debe alimentarse de esta palabra para edificar su vida no sobre él mismo, sobre su arrogancia o sobre sus convicciones (que son como la arena, inconsistentes y cambiantes). La palabra evangélica es la base sobre la que debemos construir nuestra vida. La palabra de Dios tiene la misma autoridad que el Padre. Y Jesús no enseñaba como los demás escribas, sino con autoridad. La autoridad del Padre que está en el cielo.