Memoria de los santos y de los profetas

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 8,28-34

Al llegar a la otra orilla, a la región de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, y tan furiosos que nadie era capaz de pasar por aquel camino. Y se pusieron a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?» Había allí a cierta distancia una gran piara de puercos paciendo. Y le suplicaban los demonios: «Si nos echas, mándanos a esa piara de puercos.» El les dijo: «Id.» Saliendo ellos, se fueron a los puercos, y de pronto toda la piara se arrojó al mar precipicio abajo, y perecieron en las aguas. Los porqueros huyeron, y al llegar a la ciudad lo contaron todo y también lo de los endemoniados. Y he aquí que toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, en viéndole, le rogaron que se retirase de su término.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La orilla oriental del mar de Galilea, a la que llega Jesús, limita con la región semipagana de las diez ciudades (la Decápolis); una de esas ciudades es Gadara, pequeña localidad situada en una zona llena de cuevas. Dos personas que no son dueñas de sus actos salen de una de aquellas cuevas y corren hacia Jesús. Puede parecer extraño, pero nuestras ciudades y pueblos se parecen a un conjunto de cuevas, oscuras, habitadas por hombres aislados, incapaces de dialogar, de encontrarse con los demás, de relacionarse. No conocemos la historia de aquellos dos hombres. Jesús no los juzga y no tiene miedo de ellos, al contrario de los hombres, que con su actitud agudizan la penosa y violenta situación en la que viven aquellos que no son dueños de sus actos. ¡Cuántos espíritus de soledad y de división se convierten en auténticas patologías! Pensemos en el rencor que se transforma en odio; en la maledicencia, que siempre siembra división y nos hace mudos y sordos. La vida acaba siendo como aquellos desiertos espirituales y humanos en los que los hombres son incapaces de pensar en un futuro común. Los dos hombres agreden a Jesús: «¿Qué tenemos nosotros contigo?», «¿Qué tienes tú que ver con nuestra vida?». El maestro sabe reconocer qué piden en realidad aquellos dos, entiende que están pidiendo ser liberados, aunque lo expresan de manera negativa. Jesús quiere que cada persona sea dueña de su vida y tiene el poder de expulsar los numerosos espíritus de división, realmente inmundos porque ofuscan nuestra humanidad y belleza. Los habitantes de la ciudad quedan atónitos por lo sucedido y, puesto que la piara tenía un elevado valor, invitan a Jesús a alejarse de aquel territorio. Frente a los cambios que hay que hacer para disfrutar de una vida más digna (tal vez ese es el significado de la muerte de la piara de cerdos), los hombres prefieren continuar la vida de siempre y sobre todo conservar sus cosas. El consumismo hace que muchas veces sea más importante poseer cosas que las personas; tener dinero, que hacer que quien había perdido el control de su vida lo recupere. Jesús dio a sus discípulos el poder de expulsar los espíritus de soledad del corazón de los hombres.