Memoria de Jesús crucificado

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Recuerdo del profeta Elías, que fue elevado al cielo y dejó su manto a Eliseo.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 12,1-8

En aquel tiempo cruzaba Jesús un sábado por los sembrados. Y sus discípulos sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas. Al verlo los fariseos, le dijeron: «Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado.» Pero él les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la Presencia, que no le era lícito comer a él, ni a sus compañeros, sino sólo a los sacerdotes? ¿Tampoco habéis leído en la Ley que en día de sábado los sacerdotes, en el Templo, quebrantan el sábado sin incurrir en culpa? Pues yo os digo que hay aquí algo mayor que el Templo. Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio, no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Los fariseos no pierden la ocasión para pensar mal de Jesús (y de sus discípulos) y acusarlo. Podríamos identificar el fariseísmo con la actitud de quien tiene miedo del mal pero lo busca en los demás y no en sí mismo. El fariseo piensa que se salva acusando a los demás, viendo la brizna pero continuando siendo incapaz de quitarse la viga de su ojo. Juzga pero no ama; observa pero no ayuda. No es de extrañar que el fariseo sea indiferente a la petición de perdón y de curación de quien sufre. Le reprochan a Jesús que deje a sus discípulos coger algunas espigas durante el camino en sábado. El maestro responde con dos ejemplos que demuestran la mezquindad y la ceguera de su corazón. Y sobre todo afirma, con las palabras de Oseas, la grandeza del corazón de Dios: «Misericordia quiero, que no sacrificio» (Os 6,6). El Señor no quiere una observancia fría y exterior de las normas, sino el corazón del creyente. Eso no significa que haya que despreciar las normas. Pero por encima de toda norma está la compasión, que es un don que debemos pedir a Dios porque no proviene de nuestro carácter ni de nuestras cualidades, sino de Dios. Y en realidad, dicha dimensión, está presente desde siempre en la revelación bíblica. En algunos comentarios hebreos, por ejemplo, leemos: «El Sábado se os ha dado a vosotros, y no vosotros al Sábado». Y algún comentarista explica que los rabinos sabían que la religiosidad exagerada podía poner en peligro el cumplimiento de la esencia de la ley: «No hay nada más importante, según la Torá, que salvar la vida humana... Incluso cuando no hay más que una remota probabilidad de que una vida esté en juego, se pueden descuidar las prohibiciones de la ley». El Sábado muestra la presencia cariñosa de Dios en la historia de los hombres. El Señor Jesús es el rostro cariñoso de Dios. Por eso repite que quiere misericordia, no sacrificio. Jesús no viola la ley, sino que la cumple con el amor. Dios no da una norma, sino una palabra de amor para hacer plena la vida de los hombres.