Memoria de la Madre del Señor

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Recuerdo de san Agustín ((430), obispo de Hipona (hoy en Argelia) y doctor de la Iglesia.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 23,23-26

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello! «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de rapiña e intemperancia! ¡Fariseo ciego, purifica primero por dentro la copa, para que también por fuera quede pura!

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En esta cuarta «invectiva» contra los escribas y los fariseos, Jesús estigmatiza la hipocresía de pagar el diezmo destinado al mantenimiento del templo mientras se descuida la práctica de la justicia, de la misericordia y la práctica de la fe. En el pasado la obligación de pagar se aplicaba solo a los tres productos más importantes de la tierra: el trigo, el vino y el aceite, así como sobre los primogénitos del ganado (Dt 14,22ss). Pero los fariseos, con su obsesión puntillosa por los preceptos, lo habían extendido también a los productos más insignificantes. Pues bien, Jesús condena su atención por las minucias mientras que dejan de lado las prescripciones fundamentales, como, precisamente, la justicia, que es el respeto de la dignidad de toda persona; la misericordia, que es el amor por todos y especialmente por los más pobres; la fe, que es confiar la vida a Dios. No se puede «colar el mosquito y tragarse el camello», dice Jesús. Hay aquí un reproche más al comportamiento de los fariseos. Estos invierten la indispensable relación entre el corazón y las obras, entre el interior y el exterior. Los creyentes no pueden vivir de manera separada, es decir, comportarse correctamente en algunas prácticas exteriores y tener el corazón putrefacto. Resuena aquí la acusación que hace Jesús a aquellos que se comportan de ese modo, la acusación de ser sepulcros blanqueados. La vida brota del corazón del hombre. Toda la vida depende de cómo es el corazón. Si el amor moldea el corazón brotarán de este gestos de amor. Si, por el contrario, residen en el corazón la envidia, el rencor, el odio y el orgullo no tardarán en llegar los frutos amargos y malos para uno mismo y para los demás. El creyente está llamado a hacer crecer en su interior al hombre, a la mujer interior. Y eso sucede en la oración, escuchando con atención y con frecuencia las Escrituras, practicando el amor hacia los más débiles. Lo que nos pide Jesús es que nuestro punto de partida sea un corazón en el que reside el amor de Dios. El camino del bien se elige en el corazón.