Oración por los enfermos

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En la Basílica de Santa María de Trastévere de Roma se reza por los enfermos.
Recuerdo de san Gregorio Magno ((604), papa y doctor de la Iglesia.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 4,16-30

Vino a Nazará, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor sobre mí,
porque me ha ungido
para anunciar a los pobres la Buena Nueva,
me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos

y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor. Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.» Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?» El les dijo: «Seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria.» Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.» «Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.» Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Con este pasaje evangélico empieza la lectura continuada del evangelio de Lucas que nos acompañará hasta terminar el año litúrgico. Es el primer episodio de la vida apostólica de Jesús. Lucas lo sitúa al norte, en la región periférica de Palestina, en Nazaret. Allí empieza Jesús su predicación. Se presenta en la sinagoga el sábado durante la oración habitual, en la que toman parte las autoridades religiosas del lugar y las personas más devotas. No era la primera vez que Jesús entraba allí. El evangelista recuerda que era «su costumbre». Leyó el pasaje del profeta Isaías en el que se habla de la liberación de los prisioneros, de la devolución de la vista a los ciegos y de la evangelización de los pobres. Era la buena noticia que anunciaba Isaías. Pero cuando enrolló el volumen, Jesús empezó su primera predicación con un adverbio: «Hoy». Y continúa: «Se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». La reacción de quienes le escuchaban fue claramente hostil. En realidad Jesús había pronunciado palabras que eran válidas para todos y que pedían a todos no un cambio genérico de corazón, sino una adhesión total a él. Pero ¿cómo era posible que un conciudadano suyo, al que además conocían y al que habían visto crecer, pudiera pretender ser su salvador? A eso es a lo que se resisten los habitantes de Nazaret. Y esa es su incredulidad, no aceptar que Dios hable y actúe en la vida de cada día. Él proclamaba un «año de gracia», es decir, el fin de todas las injusticias creadas, el fin de las opresiones de unos sobre otros. Y ese «año de gracia» empezaba aquel día. Pero los habitantes de Nazaret rechazaron aquel anuncio y continuaron siendo prisioneros de su necedad.