Memoria de la Madre del Señor

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Recuerdo de Moisés. Tras ser llamado por el Señor, liberó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto y lo guio hacia la «tierra prometida».


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 4,31-37

Bajó a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba. Quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad. Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo, y se puso a gritar a grandes voces: «¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios.» Jesús entonces le conminó diciendo: «Cállate, y sal de él.» Y el demonio, arrojándole en medio, salió de él sin hacerle ningún daño. Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: «¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen.» Y su fama se extendió por todos los lugares de la región.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús, tras ser expulsado de Nazaret, decide ir a Cafarnaún, una pequeña ciudad muy viva que se convierte en «su ciudad». Y precisamente allí, en la ciudad, reanuda Jesús su predicación. En un momento dado, un hombre poseído por un espíritu inmundo empezó a gritar: «¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret?». Jesús ordenó al espíritu inmundo que abandonara a aquel hombre y lo abandonó al instante. Todos, escribe Lucas, quedaron pasmados y se preguntaban quién era aquel hombre que hablaba con esa autoridad y que expulsaba a espíritus inmundos. Nosotros no sabemos exactamente qué quería decir la narración evangélica cuando hablaba de estos espíritus; sea como sea, eran capaces de entrar en la vida del hombre hasta perturbar sus funciones físicas y psíquicas. Los espíritus inmundos de los que habla el Evangelio no son espíritus extraños, ignotos; los conocemos bien y tal vez están presentes también entre nosotros. Se trata del espíritu de indiferencia, de maledicencia, de egoísmo; del espíritu de abusar de los demás; del espíritu de desconfianza; del espíritu de odio y de venganza. ¡Y cuántos otros espíritus «inmundos» nos acompañan y echan a perder nuestra vida y las relaciones con los demás, dejándonos a menudo más solos y más tristes! La presencia del mal en la vida de los hombres requiere la conversión del corazón. Es del corazón, de donde hay que alejar todo mal y de donde hay que expulsar los espíritus malignos. Es necesario el amor sin límites de Dios, ante el que nadie se puede resistir. Jesús da a los discípulos aquel poder extraordinario del amor al que obedecen incluso los espíritus inmundos. Esa es la autoridad que Jesús ejercía con todos y que también dio a sus discípulos para que la ejercieran a lo largo de los siglos.