Memoria de los pobres

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 6,6-11

Sucedió que entró Jesús otro sábado en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha seca. Estaban al acecho los escribas y fariseos por si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero él, conociendo sus pensamientos, dijo al hombre que tenía la mano seca: «Levántate y ponte ahí en medio.» El, levantándose, se puso allí. Entonces Jesús les dijo: «Yo os pregunto si en sábado es lícito hacer el bien en vez de hacer el mal, salvar una vida en vez de destruirla.» Y mirando a todos ellos, le dijo: «Extiende tu mano.» El lo hizo, y quedó restablecida su mano. Ellos se ofuscaron, y deliberaban entre sí qué harían a Jesús.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús todavía está en la sinagoga y empieza a enseñar. Entre los asistentes hay un hombre con una mano paralizada. El evangelista no dice nada de las intenciones de aquel hombre, es decir, si había ido allí para ser curado. Tener la mano derecha paralizada, sin duda, dificulta trabajar. En aquel hombre podemos ver a todos los que están excluidos del trabajo, tanto por enfermedad como por pérdida o ausencia de empleo. Y por desgracia en la actualidad su número ha aumentado y muchas veces nadie se acuerda de ellos. En aquella sinagoga también están los fariseos y también ellos se percatan de la presencia de aquel hombre. El evangelista sugiere que en su corazón esperan que Jesús haga el milagro para poderle acusar. Es una distorsión del corazón que nace de la voluntad de defenderse a sí mismos y su rol. Si aplicamos esta página a la situación actual del mundo del trabajo vemos que a menudo este se rige por el beneficio, las ganancias, y no por la dignidad de la persona que trabaja. Jesús, al llamar a aquel hombre para que se ponga en el centro, nos recuerda precisamente la centralidad del hombre, sobre todo cuando es débil, pobre o está enfermo. Estos son los que debemos poner en el centro de nuestra atención, como pasó aquel sábado con aquel hombre. Tuvo que ser Jesús el que, con una orden clara, para mostrar la firmeza que hay que tener en estos casos, dijera a aquel hombre: «Levántate y ponte ahí en medio». Y con la autoridad del amor que viene de Dios, Jesús deja claro que la Ley establece el «sábado» para el bien del hombre. Por eso, después de mirar en el interior del corazón de los presentes, se dirige al hombre de la mano paralizada y le dice: «Extiende tu mano». El hombre obedece y descubre que está curado. Parece oír el eco de las palabras de Dios los días de la creación, cuando el mundo tomaba forma según las palabras del Creador. Aquel sábado Jesús continuaba la obra de la creación devolviéndole a aquel hombre la fuerza para trabajar. Cada vez que el hombre puede trabajar con dignidad se pueden repetir las palabras que leemos en el Génesis: «Y vio Dios que estaba bien». Solo quienes son ciegos de corazón, como lo eran los fariseos de ayer y los de hoy, pueden entristecerse.