Memoria de los santos y de los profetas

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Recuerdo de los santos Cosme y Damián, mártires sirios ((303 ca). La tradición los recuerda como médicos que curaban gratuitamente a los enfermos. Especial recuerdo de los que se dedican a la atención y la curación de los enfermos.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 9,1-6

Convocando a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar. Y les dijo: «No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno. Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí. En cuanto a los que no os reciban, saliendo de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos.» Saliendo, pues, recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El evangelista Lucas nos muestra el episodio del envío de los Doce para que anunciaran el reino de Dios y curasen a los enfermos. Ya los había elegido para que estuvieran con él (Lc 6,12-16) y ahora los envía para que cumplan su misma misión dándoles su misma autoridad y su mismo poder. Escribe el evangelista: «les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, así como para curar dolencias». La predicación del Reino de Dios, es decir, del mundo nuevo que Dios empezaba a través de la obra de Jesús, debía ir acompañado de señales que mostraran su efectividad. Es un paradigma que acompaña la obra de los discípulos de todos los tiempos, también de hoy. Toda comunidad cristiana, todo creyente está llamado a aumentar la larga retahíla de los seguidores de Jesús para librar la misma batalla contra el poder del mal y para comunicar el Evangelio del amor por todas partes, hasta los extremos de la tierra. Para cumplir esta misión hay que despojarse del protagonismo de uno mismo para ser en todo siervo del Evangelio, manteniendo aquella misma ansia misionera que llevó a los primeros Doce a ir de casa en casa, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad: nadie debía quedar excluido del anuncio evangélico. Y su única riqueza era el Evangelio. Y no debían comunicar más que el Evangelio en su pureza, sin añadiduras y sin argucias particulares. Los discípulos de Jesús tienen que ser conscientes de que el Evangelio en sí solo es suficiente: es levadura y luz que transforma. Por eso Jesús ordena a los Doce: «No toméis nada para el camino: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno». Su riqueza y su fuerza es solo el Evangelio.