Memoria de Jesús crucificado

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Recuerdo de san Wenceslao ((929), venerado como mártir en Bohemia. Recuerdo de William Quijano, joven salvadoreño de la Comunidad de Sant'Egidio asesinado en 2009 por las maras.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 9,18-22

Y sucedió que mientras él estaba orando a solas, se hallaban con él los discípulos y él les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado.» Les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contestó: «El Cristo de Dios.» Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie. Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La profesión de fe de Pedro marca un punto de inflexión en las narraciones evangélicas: prepara el inicio del viaje de Jesús a Jerusalén. Lucas no especifica el lugar donde tiene lugar la escena (Marcos y Mateo la sitúan en Cesarea de Filipo), pero la sitúa en un entorno de oración, escena que se repite con frecuencia en el tercer Evangelio. El evangelista parece querer describir el momento en el que la comunidad cristiana se reúne para hacer la oración común: se trata de un tiempo indispensable para vivir el encuentro personal con Jesús. En aquella ocasión -indica el texto- Jesús pidió a los discípulos qué pensaba la gente de él. Le refieren lo que solía decir la gente, que es lo mismo que había oído también Herodes. Jesús quería saber más bien qué pensaban de él ellos, que ya hacía tiempo que estaban a su lado. Jesús consideraba a aquel grupo como su familia, como los que hacían realidad concretamente su predicación. Por eso quería conocer su corazón, o sea, qué pensaban de Él. Pedro, en nombre de todos, contesta: «El Cristo de Dios». Es una profesión solemne. Y más clara si cabe que la que encontramos en el pasaje paralelo de Marcos, pues a la palabra «Mesías» aquí se le añade «de Dios». Realmente Pedro es el primero, aquel que en nombre de todos profesa la verdadera fe. Él es nuestro modelo para que cada uno de nosotros responda con las mismas palabras a la pregunta que Jesús continúa haciéndonos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Es el mismo Jesús, el que pide a nuestra mente y a nuestro corazón que lo comprendan y lo amen como nuestro Salvador, como aquel que nos libra del pecado y de la muerte. El secreto sobre su persona que Jesús impone a los discípulos no es para esconderse. Más bien no quiere que se distorsione su misión llevándola por derroteros mundanos y falsos. No quiere que nadie se equivoque sobre su misión. Por eso es bueno que haya un conocimiento gradual. La dificultad por comprender profundamente su misión emerge inmediatamente cuando añade cuál será la suerte que le espera en Jerusalén. El mensaje de Jesús era claro: para llegar a la resurrección hay que pasar por la cruz. Ese es el misterio de la vida de Jesús, de la Iglesia y de los discípulos de todos los tiempos. La victoria del bien sobre el mal pasa siempre por el camino de la cruz.