Memoria de la Madre del Señor

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Recuerdo de la deportación de los judíos de Roma durante la Segunda Guerra Mundial.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 11,37-41

Mientras hablaba, un fariseo le rogó que fuera a comer con él; entrando, pues, se puso a la mesa. Pero el fariseo se quedó admirado viendo que había omitido las abluciones antes de comer. Pero el Señor le dijo: «¡Bien! Vosotros, los fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis llenos de rapiña y maldad. ¡Insensatos! el que hizo el exterior, ¿no hizo también el interior? Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús, que está invitado a casa de un fariseo, no cumple las prescripciones rituales antes de comer. Este comportamiento le comporta un duro juicio. Jesús, que se da cuenta, contesta al fariseo desplazando la cuestión ritual a otro plano, del plano de las prácticas al del corazón. Y aclara que en la vida lo importante no es la apariencia, lo que se ve, aunque sea correcto, sino ser un hombre y una mujer con el corazón misericordioso. En una sociedad de apariencias, como la nuestra, esta breve página evangélica vuelve a poner en el centro de atención lo que realmente vale en la vida. En el corazón, en el interior es donde se decide la vida del hombre, su felicidad y su salvación. Si el corazón está lleno de maldad, los actos serán en consecuencia. Por eso Jesús, sin condenar la observancia de los rituales, reconduce al corazón la raíz de los comportamientos. Lo que cuenta es lo que hay en el corazón, no lo que aparenta. No sirve de nada que observemos ciertos ritos si por otra parte transgredimos la justicia y estamos lejos del amor. En ese sentido, no tiene valor alguno multiplicar gestos y acciones si el corazón está lleno de «rapiña y maldad». Jesús exhorta más bien a dar «en limosna lo que tenéis», es decir, dar al mundo el amor que ha sido derramado en nuestro corazón. Y la verdadera riqueza es el amor gratuito que cada creyente recibe de Dios en su corazón. La riqueza del discípulo no consiste en multiplicar los ritos que practica, sino más bien tener un corazón misericordioso y dispuesto a amar. Es importante la afirmación de Jesús: la limosna nos hace puros. Por desgracia, cada vez son más las ordenanzas que prohíben la mendicidad y que desalientan la limosna, que muchas veces gozan de una triste complicidad por parte de cristianos. Toda la tradición bíblica, que en el Evangelio encuentra su exaltación, exhorta a los cristianos a dar limosna, no porque «resuelva» el problema social sino porque es el primer paso del amor: la limosna obliga a apartar la mirada de uno mismo y dirigirla hacia los necesitados y a darles algo, aunque sea poco. ¡Ay de nosotros si impedimos este primer paso del corazón que va más allá de nosotros mismos, pues nos quedaremos encerrados en nuestro egoísmo!