Oración por los enfermos

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En la Basílica de Santa María de Trastévere de Roma se reza por los enfermos.
Recuerdo de Zacarías y de Isabel, que en su vejez concibió a Juan el Bautista.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 14,12-14

Dijo también al que le había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús habla con el fariseo que lo había recibido en su casa y lo anima a invitar a aquellos que no pueden devolverle la invitación de ir a su casa porque son pobres o porque no pueden corresponderle. Una vez más, Jesús invierte por completo las reglas habituales este mundo. La meticulosa atención con la que se eligen los invitados contrasta con la abundancia y la generosidad que implican llamar a aquellos que no pueden dar nada a cambio. Y los enumera: pobres, lisiados, cojos y ciegos. Todos ellos, que quedan al margen de la vida, son elegidos por Jesús para participar en el banquete que se debe preparar. Es una concepción nueva de las relaciones entre los hombres que Jesús mismo vive en primer lugar: nuestras relaciones deben basarse no en la reciprocidad sino en la total gratuidad, como el amor de Dios que abraza a todos y particularmente a los pobres. Y la felicidad, contrariamente a lo que se piensa normalmente, consiste precisamente en ampliar el banquete de la vida a todos los excluidos, sin esperar una recompensa por su parte. La verdadera recompensa, de hecho, es poder trabajar en el campo del amor, de la fraternidad y de la solidaridad. Por otra parte, solo en esta perspectiva se construye un mundo sobre bases sólidas y pacíficas. Por el contrario, ampliar la distancia entre quien se sienta a la mesa de la vida y quien queda excluido de ella, como por desgracia sucede aún hoy en el mundo, menoscaba de raíz la paz entre los pueblos. El mensaje del Evangelio es exactamente lo contrario: la gratuidad, como Jesús mismo vivió y proclamó, es primordial y es una de las tareas más urgentes que los cristianos deben incluir en la pasta de este mundo al inicio del nuevo milenio. Es una dimensión que parece difícil de vivir, pero es la única capaz de evitar que el mundo, en el actual difícil momento histórico que atraviesa, caiga en el abismo de la violencia. Aquel que comprende y vive esta dimensión del amor es dichoso hoy y recibirá mañana «la resurrección de los justos».