Memoria de los santos y de los profetas

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 14,25-33

Caminaba con él mucha gente, y volviéndose les dijo: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío. «Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: Este comenzó a edificar y no pudo terminar. O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús, tras una larga parada en casa de uno de los jefes de los fariseos, reanuda el camino hacia Jerusalén. Lo sigue una muchedumbre, indica el evangelista. Jesús siente la exigencia de aclarar qué significa seguirlo, qué significa ser discípulo suyo. Ya había hablado de ello anteriormente cuando había dicho: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo» (9,23). Jesús pide un vínculo exclusivo, más fuerte que el que tenemos con los miembros de la familia. El evangelista Lucas detalla una larga lista de personas a las que no hay que amar más que a Jesús. La lista puede sonar extraña, pero de ese modo Jesús destaca la exclusividad del amor que requiere. Debe quedar totalmente claro que la decisión de seguir a Jesús está por delante de cualquier afecto y cualquier empresa. Y en ese contexto hay que comprender la palabra «odiar»: Jesús la interpreta en el sentido de no preferir a nadie más que a él. Es una decisión, sin duda alguna, radical. Y por eso requiere cortes y divisiones, empezando por los instintos y los pensamientos malvados que hay en el corazón de cada uno. El amor exclusivo por Jesús es el fundamento de la vida del discípulo. «Tomar la cruz» equivale a estar disponible hasta la muerte. Lo que Jesús pide a los discípulos se lo ha pedido en primer lugar a sí mismo. Si pretende un amor exclusivo hasta la muerte es porque también él nos ama hasta la muerte, y una muerte en cruz. Él cargó sobre sus hombros la cruz del amor por nosotros. Es imposible entender el Evangelio sin comprender con qué amor nos ama Jesús. Si fue cierto para Jesús, lo es también para nosotros. Sin este amor, que lleva hasta la muerte, como continúan demostrando los numerosos mártires de ayer y de hoy, la vida no es firme, es como construir una torre sin cimientos o acometer una batalla sin tener el ejército adecuado. La pretensión de un amor radical es la sustancia del Evangelio y también de la vida del discípulo. De ese amor los discípulos son responsables también ante el mundo, que lo espera.