Oración de la Pascua

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Recuerdo de san Adalberto, obispo de Praga. Sufrió el martirio en Prusia oriental, adonde había ido para anunciar el Evangelio (†997). Residió en Roma donde se venera su recuerdo en la basílica de san Bartolomé de la Isla Tiberina.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo ha resucitado de entre los muertos y no muere más!
El nos espera en Galilea!

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 2,36-41

«Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado.» Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» Pedro les contestó: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro.» Con otras muchas palabras les conjuraba y les exhortaba: «Salvaos de esta generación perversa.» Los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas 3.000 almas.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo ha resucitado de entre los muertos y no muere más!
El nos espera en Galilea!

Aleluya, aleluya, aleluya.

Las palabras de esta primera predicación del apóstol Pedro tocaron el corazón de quienes le escuchaban. Estos, se narra en los Hechos, sintieron "el corazón compungido". Es el objetivo que debe fijarse toda predicación: llegar al corazón de quien escucha y atravesarlo, es decir, interrogarlo. La epístola a los Hebreos dirá que la Palabra de Dios es como una espada de doble filo que penetra hasta lo profundo del corazón. Conmovidos, los que escuchaban de repente plantearon a Pedro una pregunta simple pero fundamental: "¿Qué hemos de hacer?" Es la pregunta que toda predicación debe suscitar. Pedro propone como respuesta el Evangelio como levadura de una nueva sociedad, como energía que lleva a concebir y a vivir de forma nueva las relaciones entre los hombres. De hecho, el Evangelio no tiene la pretensión de dictar un programa socialmente perfecto. El Evangelio pide la conversión del propio corazón. Es a partir del cambio del corazón como comienza el cambio del mundo. Son los hombres y las mujeres con un corazón que ya no es de piedra, sino que está lleno de aquel amor que empuja a dar la propia vida por los demás. Quien acoge el Evangelio ya no es esclavo de la soledad y del egoísmo, sino que participa de la victoria del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte. Lucas observa que "los que acogieron su palabra fueron bautizados. Y aquel día se les unieron unas tres mil personas" (v. 41). El Evangelio generaba la comunidad; y los rasgos de esta nueva comunidad están bien delineados: la escucha de las enseñanzas de los apóstoles, la unión fraterna, la fracción del pan y la oración, y la comunión de bienes. Es la descripción de toda comunidad cristiana de ayer y de hoy. Cada generación cristiana, incluso la nuestra, está llamada a confrontarse con esta página de los Hechos; y cuando se habla de reforma de la Iglesia se entiende, precisamente, retomar aquella "forma" que tenía la primera Iglesia. Es la profecía que los Hechos siguen proponiéndonos para que también nosotros podamos realizarla.