Memoria de los santos y de los profetas

Compartir En

Recuerdo de la deportación de los judíos de Roma durante la Segunda Guerra Mundial.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Romanos 2,1-11

Por eso, no tienes excusa quienquiera que seas, tú que juzgas, pues juzgando a otros, a ti mismo te condenas, ya que obras esas mismas cosas tú que juzgas, y sabemos que el juicio de Dios es según verdad contra los que obran semejantes cosas. Y ¿te figuras, tú que juzgas a los que cometen tales cosas y las cometes tú mismo, que escaparás al juicio de Dios? O ¿desprecias, tal vez, sus riquezas de bondad, de paciencia y de longanimidad, sin reconocer que esa bondad de Dios te impulsa a la conversión? Por la dureza y la impenitencia de tu corazón vas atesorando contra ti cólera para el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual dará a cada cual según sus obras: a los que, por la perseverancia en el bien busquen gloria, honor e inmortalidad: vida eterna; mas a los rebeldes, indóciles a la verdad y dóciles a la injusticia: cólera e indignación. Tribulación y angustia sobre toda alma humana que obre el mal: del judío primeramente y también del griego; en cambio, gloria, honor y paz a todo el que obre el bien; al judío primeramente y también al griego; que no hay acepción de personas en Dios.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo escribe que el hombre tiende más a servirse a sí mismo que a Dios. Es un instinto profundo que nos acompaña, una especie de actitud "idólatra" que afecta a hombres y mujeres de todos los tiempos. Esta convicción debería hacer que estemos atentos a no darnos la razón a nosotros mismos y a nuestras tradiciones. El mismo Jesús nos exhorta a no mirar la brizna del ojo de los demás para darnos cuenta de la viga de nuestro ojo. Todos somos pobres hombres y mujeres que necesitamos la ayuda del Señor. Por eso Pablo, algo después, retomando una afirmación del Salmo, escribe: "No hay quien sea justo, ni siquiera uno" (Rm 3,10). El propio Jesús contestó al hombre que lo adulaba llamándolo "maestro bueno": "¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo Dios" (Mc 10,18). Nuestra insignificancia debería llevarnos a no hacer juicios sobre los demás. Pablo, dirigiéndose directamente "al hombre", a todos los hombres, tiene palabras duras para aquellos que juzgan sin misericordia; y pensando en los creyentes, acusa: estos juzgan a los demás, pero actúan igual y se comportan como aquellos sobre los que pesa su juicio. De ese modo, no solo son crueles, sino que olvidan que existe un juez que ejerce el juicio con medida justa: Dios. Él "dará a cada cual según sus obras... Dios no hace acepción de personas". El apóstol recuerda, también a nosotros, los creyentes, que necesitamos ser perdonados, es decir, juzgados por Dios, misericordioso y grande en el amor. Todos necesitamos la misericordia de Dios, que es salvación.