Oración por los enfermos

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En la Basílica de Santa María de Trastevere de Roma se reza por los enfermos.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Oseas 2,16.17-18.21-22

Por eso yo voy a seducirla;
la llevaré al desierto
y hablaré a su corazón. Allí le daré sus viñas,
el valle de Akor lo haré puerta de esperanza;
y ella responderá allí como en los días de su
juventud,
como el día en que subía del país de Egipto. Y sucederá aquel día - oráculo de Yahveh -
que ella me llamará: "Marido mío",
y no me llamará más: "Baal mío." Yo te desposaré conmigo para siempre;
te desposaré conmigo en justicia y en derecho
en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad,
y tú conocerás a Yahveh.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Esta semana nos acompañan algunas páginas del libro del profeta Oseas, un profeta que canta con especial fuerza la misericordia de Dios. Los primeros tres capítulos, de los que forma parte el pasaje que hemos escuchado, revelan la historia familiar del profeta. Está casado con Gómer, una mujer que continúa ejerciendo la prostitución. A pesar de ello, Dios obliga al profeta a tenerla por esposa. En ella vemos representado a Israel, que continúa traicionando la alianza con el Señor. El Señor le pide a Oseas que la tenga por esposa para poder demostrar el amor que tiene por Israel a pesar de su traición. En este pasaje vemos la fuerza del amor de Dios que, a pesar de ser traicionado por su pueblo, continúa cortejándolo hasta lograr reconducirlo a la alianza. Dios se lo había dado todo a Israel: la tierra con sus bienes ("mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mis bebidas"), pero Israel continuaba siguiendo a los ídolos, que se habían convertido como en amantes a los que daba su corazón. La palabra del profeta acusa al pueblo de haberse alejado de Dios y de su amor. Pero el Señor no se rinde ni ante la desmemoria de su pueblo ni ante sus traiciones. Hace de todo para recuperar el corazón de su pueblo: acusa, habla, intenta impedir que vaya hacia los ídolos y quita lo que le ha concedido. Pero todo parece inútil frente al orgullo que hace que el pueblo de Israel se sienta seguro y autosuficiente. Hasta que lo lleva al desierto. Y allí, en el lugar de la privación y de la muerte, Dios habla al corazón de su pueblo y hace que descubra la fuerza y la dulzura del amor con el que es amado.