Memoria de los pobres

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Isaías 1,10-17

Oíd una palabra de Yahveh,
regidores de Sodoma.
Escuchad una instrucción de nuestro Dios,
pueblo de Gomorra. ¿A mí qué, tanto sacrificio vuestro?
- dice Yahveh -.
Harto estoy de holocaustos de carneros y de sebo de
cebones;
y sangre de novillos y machos cabríos no me agrada, cuando venís a presentaros ante mí.
¿Quién ha solicitado de vosotros esa pateadura de mis
atrios? No sigáis trayendo oblación vana:
el humo del incienso me resulta detestable.
Novilunio, sábado, convocatoria:
no tolero falsedad y solemnidad. Vuestros novilunios y solemnidades aborrece mi alma:
me han resultado un gravamen
que me cuesta llevar. Y al extender vosotros vuestras palmas,
me tapo los ojos por no veros.
Aunque menudeéis la plegaria,
yo no oigo.
Vuestras manos están de sangre llenas: lavaos, limpiaos,
quitad vuestras fechorías de delante de mi vista,
desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien,
buscad lo justo,
dad sus derechos al oprimido,
haced justicia al huérfano,
abogad por la viuda.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El profeta insiste para que escuchemos la Palabra del Señor, porque escuchando fielmente la palabra del Señor podemos mantener la esperanza de salvarnos incluso en las situaciones más difíciles. Todo Israel, sus líderes y el pueblo, son comparados con Sodoma y Gomorra, las dos ciudades que se habían mancillado con el pecado de la inhospitalidad hacia el extranjero, motivo por el que fueron destruidas. Son palabras de una dureza inusitada. Los actos religiosos que no van acompañados de la misericordia y de la compasión no solo no agradan al Señor sino que incluso le provocan disgusto. Esta página del profeta Isaías resuena aún con más urgencia en este tiempo que necesita cada vez más misericordia y paz. La sociedad contemporánea -con sus dramáticas desigualdades- necesita recuperar la idea de una solidaridad global, universal. Hace falta una verdadera cercanía que lleve al mundo hacia un camino de justicia y de misericordia. No basta con una religiosidad simplemente de rito y culto. La oración, por su naturaleza, debe distinguirse por el amor hacia quien es débil y pobre. Eso es lo que quiere Dios para la familia humana, para que esté más en paz. Dios mismo nos invita a hablar con él para que dejemos de hacer el mal y aprendamos a hacer el bien y a amar a los pobres. Aunque nuestros pecados sean graves, aunque nos obstinemos en escucharnos solo a nosotros mismos, el Señor, que es realmente el amigo de los hombres, se muestra dispuesto a perdonarnos y a renovar nuestra vida si dejamos que nos invada su misericordia.