Memoria de la Iglesia

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Eclesiastés 1,2-11

¡Vanidad de vanidades! - dice Cohélet -, ¡vanidad de vanidades, todo vanidad! ¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol? Una generación va, otra generación viene; pero la tierra para siempre permanece. Sale el sol y el sol se pone; corre hacia su lugar y allí vuelve a salir. Sopla hacia el sur el viento y gira hacia el norte; gira que te gira sigue el viento y vuelve el viento a girar. Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena; al lugar donde los ríos van, allá vuelven a fluir. Todas las cosas dan fastidio. Nadie puede decir que no se cansa el ojo de ver ni el oído de oír. Lo que fue, eso será;
lo que se hizo, ese se hará.
Nada nuevo hay bajo el sol. Si algo hay de que se diga: "Mira, eso sí que es nuevo", aun eso ya sucedía en los siglos que nos precedieron. No hay recuerdo de los antiguos, como tampoco de los venideros quedará memoria en los que después vendrán.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Cohélet, seudónimo tras el que se oculta el autor de estas "palabras", se podría traducir como "predicador". Dicho término alude a la asamblea (qahal), quizás a una asamblea religiosa o a un grupo de discípulos o, más genéricamente, al "pueblo" (cf. 12,9). El inicio del pasaje presenta la frase más célebre de este libro de la Biblia: "Todo es vanidad". El término hebreo vanidad (hebel) significa "soplo de viento". Es una metáfora de toda la vida, de toda la realidad, incluso, que es, precisamente "como" un soplo de viento. El autor percibe la provisionalidad, la inestabilidad, la pequeñez, la vanidad que existen en la vida humana y le dan forma. Al mismo tiempo la vida se presenta como algo hermoso. Sí, la vida es un continuo ajetreo, pero en realidad "nada nuevo hay bajo el sol". La creación -sugiere Cohélet- parece condenada a un perpetuo movimiento sin meta alguna, un poco como el viento que va y viene. El hombre, inmerso en este torbellino de la debilidad, no es capaz de decir la última palabra sobre nada: nunca termina ni de discutir ni de entender. Sus discursos y sus teorías forman una incesante y jamás terminada búsqueda: "Todas las cosas cansan. Nadie puede decir que no se cansa el ojo de ver ni el oído de oír". Tampoco la ciencia alcanza a comprender el sentido profundo de la historia: no comprende el cambio de las cosas. Si "lo que fue", es decir, los fenómenos naturales, y "lo que se hizo", es decir, la historia humana, no producen algo auténticamente "nuevo", ¿dónde podremos encontrar el sentido el cumplimiento, de este infinito "girar"? Eso podría justificar una actitud de resignación. De hecho, muy a menudo oímos: nada puede cambiar, todo es siempre igual. Pero Cohélet no defiende un "eterno retorno de todas las cosas". Más bien, puesto que Dios es el creador, da a entender que la vida humana tiene un "fin". Solo hay una cosa cierta para Cohélet: es imposible que la "novedad" venga del hombre. Leyendo este pequeño libro en el contexto de todas las Escrituras comprendemos que la estabilidad y el sentido de la vida vienen de Dios. Y los profetas nos lo recuerdan: "Pues bien, voy a hacer algo nuevo", dice el Señor por medio de Isaías (43,19).