Memoria de Jesús crucificado

Compartir En


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Efesios 4,1-6

Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Con el capítulo cuatro empieza la segunda parte de la Epístola que tiene más carácter de exhortación. Pablo se dirige a los cristianos de Éfeso de manera apasionada, relacionando la obra de Dios y su respuesta: "Os exhorto, pues, yo, prisionero por el Señor, a que viváis de una manera digna de la llamada que habéis recibido". Sabe que no puede haber separación entre la vocación recibida y el comportamiento que debe derivarse de ella. La autenticidad de la fe depende del testimonio de la vida. Eso es así para él, que es apóstol, y para todo creyente. Por eso Pablo pide a los cristianos que vivan para edificar y hacer crecer la comunidad en el amor y en la unidad. Hasta siete veces repite el apóstol el numeral "uno", destacando así la unidad de la comunidad. El apóstol exhorta a los cristianos a "conservar la unidad del Espíritu" con un comportamiento humilde, manso y paciente. ¿Por qué esos comportamientos tienen un valor prioritario? Porque según el apóstol permiten conservar la unidad. La humildad pone al creyente ante Dios como alguien que lo espera todo de él. La mansedumbre hace que no responda con violencia y la paciencia hace que sea semejante a Dios, que es paciente con todos. Jesús es el modelo al que mirar: Él, "manso y humilde de corazón" (Mt 11,29), ha venido a "servir y a dar su vida" (Mc 10,45), "haciéndose obediente hasta la muerte" (Flp 2,8). El apóstol pide a los efesios que "conserven" la unidad y les advierte de que toda herida a la unidad es una herida al mismo Cuerpo de Cristo, una traición de la vocación a ser un solo Cuerpo, a tener una sola fe y un solo bautismo, a reconocer a un solo Dios, Padre de todos. La unidad nace cuando el corazón de los creyentes acogen al único Espíritu. Nosotros la recibimos cuando nos hacemos hijos del único Padre e hijos de la única madre, la Iglesia.