Memoria de los pobres

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Apocalipsis 14,1-3.4-5

Seguí mirando, y había un Cordero, que estaba en pie sobre el monte Sión, y con él 144.000, que llevaban escrito en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre. Y oí un ruido que venía del cielo, como el ruido de grandes aguas o el fragor de un gran trueno; y el ruido que oía era como de citaristas que tocaran sus cítaras. Cantan un cántico nuevo delante del trono y delante de los cuatro Vivientes y de los Ancianos. Y nadie podía aprender el cántico, fuera de los 144.000 rescatados de la tierra. Estos son los que no se mancharon con mujeres, pues son vírgenes. Estos siguen al Cordero a dondequiera que vaya, y han sido rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero, y en su boca no se encontró mentira: no tienen tacha.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Tras la visión de las dos bestias, Juan ve una tercera visión: el monte Sión, sobre el que se erige, glorioso, el Cordero Cristo, que vuelve plenamente en escena. Sabemos que en su simbolismo el Cordero indica docilidad y expresa un destino de sacrificio pascual. Así pues, es el signo apropiado para Cristo, por su muerte en cruz (es "inmolado") pero también por su gloria pascual. Se le representa "de pie" sobre el monte del templo. Estar de pie es signo de victoria y de gloria. Sión se convierte en el punto de convergencia de toda la comunidad redimida por la sangre del Cordero. Por las laderas de aquel monte sube la inmensa procesión de los elegidos, los justos, los mártires. La oposición con la anterior procesión de seguidores de la Bestia es evidente: aquellos tenían impresa la marca de la esclavitud y de la violencia; estos, en cambio, llevan el sello de Dios y de Cristo. Por más que el mal se abata contra los creyentes, nadie puede separarles de la mano de Dios. Los ciento cuarenta y cuatro mil, más que representar a la comunidad que ha llegado al cielo, representan a los creyentes que están todavía expuestos a los ataques del Enemigo. Son los cristianos fieles a la escucha del Evangelio y que perseveran en su actitud de seguir al Señor "adondequiera que vaya", hasta la muerte, hasta el martirio. Son "las personas rescatadas" y, por tanto, son propiedad y posesión del Señor: "son vírgenes", es decir, no se han contaminado con los ídolos de este mundo (la fornicación es siempre el símbolo de la idolatría). Estas -continúa el apóstol- han sido "rescatadas como primicias para Dios y para el Cordero". No serán abandonadas al ciego destino del mundo; en su frente está marcado el nombre de Dios y del Cordero, no el de la Bestia. Ellas, y solo ellas, pueden comprender el canto que baja del cielo (es la comunión con Dios y los santos) y unirse en la alabanza al Señor.