Memoria de la Madre del Señor

Compartir En

Recuerdo del beato (santo) Hermano Carlos de Jesús (Charles de Foucauld), "hermano universal", asesinado en 1916 en el desierto de Argelia donde vivía en oración y fraternidad con el pueblo tuareg.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 10,21-24

En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.» Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Los setenta y dos discípulos enviados por Jesús en misión habían experimentado la fuerza del Evangelio para cambiar sus vidas y la del mundo de alrededor. Una vez que regresaron, le cuentan a Jesús su experiencia como misioneros. Estaban llenos de alegría por las maravillas que pudieron hacer. Jesús también se llena "de gozo en el Espíritu Santo". Es la alegría de ver que el Evangelio da los primeros frutos gracias a sus discípulos, a quienes llamó para hacerlos partícipes de su propio trabajo, de su propio sueño: liberar a los hombres y las mujeres del poder del mal. Poco antes les dice: "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo" (18). Jesús, conmovido por lo que ha sucedido, levanta los ojos al cielo y da gracias al Padre porque ha elegido confiar su diseño de amor a aquellos discípulos que se han confiado a él. La fe es vivir con Jesús su propio sueño y tener el poder de hacerlo realidad. Es el mismo sueño del Padre. De hecho, Jesús explica a esos discípulos, "nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". En la familiaridad con Jesús y con el Padre está toda la alegría de los discípulos. Y Jesús les llama "bienaventurados" porque pueden participar en su propia misión, porque entran en el corazón de la nueva historia que Dios está comenzando entre los hombres.