Oración con María, madre del Señor

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 12,35-38

«Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos!

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús contrapone el rico necio sorprendido por la muerte con el discípulo que espera a su Señor. La vigilancia es una de las dimensiones espirituales fundamentales de la vida cristiana. A aquel que solo se mira a sí mismo y se duerme en la seguridad de su recinto, se le pide que levante la mirada y que permanezca esperando el retorno del Señor. Dice Jesús: "Tened ceñida la cintura y las lámparas encendidas". Tener ceñida la cintura, en el lenguaje corriente de entonces, significaba utilizar un cinturón para sostener la túnica o el manto, que eran demasiado largos para responder a una acción imprevista que requiriese agilidad y rapidez. Aflojar el cinturón, por el contrario, significaba relajarse y reposar. Los judíos se ciñeron la cintura para estar preparados la noche antes de la huida de Egipto (Ex 12,11). La lámpara encendida tenía el mismo significado: estar listo para actuar incluso por la noche. Jesús pide a los discípulos que estén listos del modo apenas descrito, sabiendo que esperar el encuentro con el Señor es la bienaventuranza del discípulo, su máxima aspiración. El evangelista hace suponer el horizonte escatológico en estas afirmaciones de Jesús. Pero en la vida cristiana también es cierto que el Señor cada día viene a la puerta de nuestro corazón y llama, como escribe el Apocalipsis (3,20). Y dichoso del que le abra, porque tendrá la recompensa de encontrarse con Jesús, y no solo lo verá sino que el Señor se convertirá en su siervo, se ceñirá la cintura, lo invitará a sentarse y pasará él mismo a servirle. Es como si se hubieran invertido los papeles. Parecen totalmente imprevisibles, pero esa es precisamente la paradoja de la gracia que recibimos: Jesús mismo se presenta como el que sirve. Durante la última cena se comportó literalmente como un siervo: tras tomar un lebrillo se ciñó con una toalla y se inclinó para lavar los pies de los discípulos, uno por uno, incluido Judas. Comprendemos mejor el sentido de la bienaventuranza que Jesús pronuncia en esta página evangélica: encontrar al Señor y gozar del inmerecido amor de ser servidos por Él.