Liturgia del domingo

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VI del tiempo ordinario


Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 1,40-45

Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme.» Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio.» Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió al instante prohibiéndole severamente: «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio.» Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a él de todas partes.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

"Se le acerca un leproso". Era realmente extraño que un leproso osara acercarse a alguien, ya que tenían la obligación de mantenerse alejados de la gente. El libro del Levítico era categórico: "El afectado por la lepra llevará la ropa rasgada y desgreñada la cabeza, se tapará hasta el bigote e irá gritando: ‘¡impuro, impuro!'. Todo el tiempo que le dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y vivirá aislado; fuera del campamento tendrá su morada" (13, 45-46). La exclusión de la convivencia con los demás hacía que esta enfermedad fuera más terrible de lo que ya era de por sí. Por esto era extraño que un leproso osara a acercarse a Jesús, superando la distancia abismal que garantizaba la ley. ¡Cuántos enfermos de "lepra" hay también hoy, cerca y lejos de nosotros! No sólo los golpeados por la lepra auténtica, que por otro lado hoy es fácil de curar, sino todos los que ven su vida marcada irremediablemente por la enfermedad y una condición de marginalidad. Y todavía hoy somos muchos los que huimos de ellos por miedo a contagiarnos o, como dicen algunos, para no entristecernos al verlos. Aquellos leprosos, cuando se enteraban de que iba a pasar Jesús, superaban las barreras de miedo y de desconfianza e iban corriendo hacia él.
Los discípulos de hoy, las comunidades cristianas repartidas por el mundo, deben interrogarse cuando no logran crear el mismo clima, cuando no son atractivos evangélicamente. Aquel leproso llegó junto a Jesús, se arrojó a sus pies y dijo simplemente pero con fe: "Si quieres, puedes limpiarme". El leproso no duda que Jesús pueda curarle, pero no sabe si quiere hacerlo. Ante aquel profeta bueno, la desesperación de aquel leproso se transforma en fe. Y Jesús, el compasivo, no podía dejar de escucharle: no tuvo miedo del contagio, extendió la mano y le tocó, y le comunicó la energía de la vida. El Evangelio nos empuja a todos nosotros a encontrar y escuchar, a tocar y a sentir la gran necesidad de salvación que tienen los millones de "leprosos" de hoy. Con su respuesta, Jesús nos muestra cuál es su voluntad con respecto a la lepra y al mal, sea cual sea: "Quiero; queda limpio". Sí, la voluntad de Dios es clarísima: luchar contra todo tipo de mal, de marginación, de lejanía, de exclusión. Estamos verdaderamente lejos de esa convicción demasiado difundida que atribuye a Dios la decisión de distribuir el mal a los hombres según su pecado. Nada es más ajeno al Evangelio.
No es fácil comprender la orden de Jesús al leproso: "Mira, no digas nada a nadie...". Es una orden que parece extraña a nuestras costumbres y a nuestra cultura "televisiva". El Evangelio parece mostrarnos un silencio bello, rico, expresivo, que Jesús quiere conservar. Se podría interpretar también en esta línea el llamado "secreto mesiánico", tan querido para el evangelista Marcos. Hay que subrayar, sin embargo, otra cosa: Jesús no busca su gloria o el refuerzo de su fama. Este deseo de silencio está unido al delicado secreto de una amistad que se establece entre el Señor y ese hombre, entre el Señor y quien se confía a él. El milagro -así se podría interpretar el silencio impuesto por Jesús- es sobre todo una respuesta amiga, cariñosa y compasiva hacia los enfermos y los excluidos. Es como decir que el amor de Dios hacia mí, hacia ti, hacia cada hombre, va antes que cualquier otra cosa. Quizás precisamente porque fue tocado por este amor absolutamente único e inimaginable, a aquel hombre le fue imposible callar. Aquel leproso no obedeció y divulgó tanto aquel episodio que Jesús ya no podía entrar en las ciudades a causa del gran número de personas que lo buscaban. Jesús, que no deseaba el complacer a los hombres sino a su Padre, se retiraba a otros lugares. Aun así, la gente no le perdía de vista y continuaba siguiéndole.