Liturgia del domingo

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V de Cuaresma
Recuerdo de san Cirilo, obispo de Jerusalén (+387). Oración por Jerusalén y por la paz en Tierra Santa


Primera Lectura

Jeremías 31,31-34

He aquí que días vienen - oráculo de Yahveh - en que yo pactaré con la casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres, cuando les tomé de la mano para sacarles de Egipto; que ellos rompieron mi alianza, y yo hice estrago en ellos - oráculo de Yahveh -. Sino que esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días - oráculo de Yahveh -: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano, diciendo: "Conoced a Yahveh", pues todos ellos me conocerán del más chico al más grande - - oráculo de Yahveh - cuando perdone su culpa, y de su pecado no vuelva a acordarme.

Salmo responsorial

Salmo 50 (51)

Tenme piedad, oh Dios, según tu amor,
por tu inmensa ternura borra mi delito,

lávame a fondo de mi culpa,
y de mi pecado purifícame.

Pues mi delito yo lo reconozco,
mi pecado sin cesar está ante mí;

contra ti, contra ti solo he pecado,
lo malo a tus ojos cometí.
Por que aparezca tu justicia cuando hablas
y tu victoria cuando juzgas.

Mira que en culpa ya nací,
pecador me concibió mi madre.

Mas tú amas la verdad en lo íntimo del ser,
y en lo secreto me enseñas la sabiduría.

Rocíame con el hisopo, y seré limpio,
lávame, y quedaré más blanco que la nieve.

Devuélveme el son del gozo y la alegría,
exulten los huesos que machacaste tú.

Retira tu faz de mis pecados,
borra todas mis culpas.

Crea en mí, oh Dios, un puro corazón,
un espíritu firme dentro de mí renueva;

no me rechaces lejos de tu rostro,
no retires de mí tu santo espíritu.

Vuélveme la alegría de tu salvación,
y en espíritu generoso afiánzame;

enseñaré a los rebeldes tus caminos,
y los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, Dios, Dios de mi salvación,
y aclamará mi lengua tu justicia;

abre, Señor, mis labios,
y publicará mi boca tu alabanza.

Pues no te agrada el sacrificio,
si ofrezco un holocausto no lo aceptas.

El sacrificio a Dios es un espíritu contrito;
un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo
desprecias.

¡Favorece a Sión en tu benevolencia,
reconstruye las murallas de Jerusalén!

Entonces te agradarán los sacrificios justos,
- holocausto y oblación entera -
se ofrecerán entonces sobre tu altar novillos.

Segunda Lectura

Hebreos 5,7-9

El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen,

Lectura del Evangelio

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Juan 12,20-33

Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. Estos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, queremos ver a Jesús.» Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les respondió: «Ha llegado la hora
de que sea glorificado el Hijo de hombre. En verdad, en verdad os digo:
si el grano de trigo no cae en tierra y muere,
queda él solo;
pero si muere,
da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde;
y el que odia su vida en este mundo,
la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga,
y donde yo esté, allí estará también mi servidor.
Si alguno me sirve, el Padre le honrará. Ahora mi alma está turbada.
Y ¿que voy a decir?
¡Padre, líbrame de esta hora!
Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre.» Vino entonces una voz del cielo:
«Le he glorificado y de nuevo le glorificaré.» La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel.» Jesús respondió: «No ha venido esta voz por mí, sino por vosotros. Ahora es el juicio de este mundo;
ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo cuando sea levando de la tierra,
atraeré a todos hacia mí.» Decía esto para significar de qué muerte iba a morir.

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Homilía

"Queremos ver a Jesús". Ésta es la petición de algunos griegos que habían subido al culto durante la fiesta. "Queremos ver" a ese maestro que habla como nunca un hombre lo había hecho. "Queremos ver" al que tiene misericordia de los pecadores, que no ha venido a juzgar sino a salvar al mundo. "Queremos ver a Jesús". Es la petición de nuestro mundo extraviado, confuso, marcado por la violencia y la guerra, arrastrado por las razones del conflicto que endurecen los corazones, que siembran la enemistad, que arman las manos y las mentes de tantos.
"Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto", dice Jesús. Para él no bastaba venir a la tierra, aunque esto ya mostraba su increíble amor por los hombres; quería donar toda su vida hasta el final. No es que Jesús buscase la muerte; al contrario, tenía miedo de morir. En la Carta a los Hebreos, que leemos como segunda lectura, está escrito que Cristo, "habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente". Sin embargo -y aquí está el gran misterio de la cruz- la obediencia al Evangelio y el amor por los hombres fueron para Jesús más preciosos que su propia vida. No había venido a la tierra para "quedar él solo", sino para dar "mucho fruto". Y el camino para dar fruto lo indica con las siguientes palabras: "El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna". Es una frase que parece incomprensible, y en ciertos aspectos lo es porque resulta totalmente ajena al sentir común. Todos amamos conservar la vida, custodiarla, preservarla. Nadie se ve empujado a "odiarla", como parece en cambio sugerir el texto evangélico; basta pensar en los cuidados que proporcionamos a nuestro cuerpo y en las atenciones que le reservamos. El sentido de los dos términos (amar y odiar) debe entenderse a la luz de la propia vida de Jesús, de su modo de comportarse, de querer, de entregarse. Jesús ha vivido toda la vida amando a los hombres más que a sí mismo, y la cruz es la hora en que este amor se manifiesta con mayor claridad. La vida de cada uno de nosotros es como un grano que puede dar frutos extraordinarios, incluso más allá de nuestra existencia tan breve y de nuestras capacidades tan limitadas.
La opción de Jesús no es indolora; su amor no es un sentimiento vacío o una sensación, sino una elección fuerte, apasionada, que afronta el mal porque es más fuerte que el mal. "Ahora mi alma está turbada", confiesa Jesús. El verbo significa "lleno de horror", "triste hasta el punto de morir". ¡Pobre Jesús! Frente al mal se queda turbado, como todo hombre, pero no huye lejos buscando una situación nueva, no se refugia en las cosas por hacer, no descarga la responsabilidad sobre otros, no hace pactos con el enemigo, no maldice, no se engaña con la fuerza de la espada. Jesús se encomienda al Padre, que lo ha mandado para salvar a los hombres. La victoria sobre la turbación no es el fatalismo o el coraje, sino la confianza en el amor del Padre que da gloria, es decir, la plenitud de lo que cada uno es. Dice Jesús: "¿Qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora!" No, Jesús se confía al Padre. Podríamos también nosotros hacer lo mismo en la hora del dolor, de la tristeza, de las tinieblas, para que en nuestra debilidad se vea la gloria de Dios, es decir, que se manifieste la fuerza extraordinaria del amor. Y el Padre no dejó de hacer oír su voz, que vino del cielo: "Le he glorificado y de nuevo le glorificaré". Jesús explica a la gente que aquella voz había venido para ellos y no para él. Es la voz del Evangelio, que nos impulsa a abrir los ojos, a no dejar las cosas para mañana, sino a entender hoy el secreto de ese grano que muere para dar fruto.