Liturgia del domingo

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XXIII del tiempo ordinario
Recuerdo del padre Alexander Men, sacerdote ortodoxo de Moscú, asesinado brutalmente en 1990.


Primera Lectura

Isaías 35,4-7a

Decid a los de corazón intranquilo:
¡Animo, no temáis!
Mirad que vuestro Dios
viene vengador;
es la recompensa de Dios,
él vendrá y os salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos,
y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo,
y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo.
Pues serán alumbradas en el desierto aguas,
y torrentes en la estepa, se trocará la tierra abrasada en estanque,
y el país árido en manantial de aguas.
En la guarida donde moran los chacales
verdeará la caña y el papiro.

Salmo responsorial

Salmo 145 (146)

¡Alaba a Yahveh, alma mía!
A Yahveh, mientras viva, he de alabar,
mientras exista salmodiaré para mi Dios.

No pongáis vuestra confianza en príncipes,
en un hijo de hombre, que no puede salvar;

su soplo exhala, a su barro retorna,
y en ese día sus proyectos fenecen.

Feliz aquel que en el Dios de Jacob tiene su apoyo,
y su esperanza en Yahveh su Dios,

que hizo los cielos y la tierra,
el mar y cuanto en ellos hay;
que guarda por siempre lealtad,

hace justicia a los oprimidos,
da el pan a los hambrientos,
Yahveh suelta a los encadenados.

Yahveh abre los ojos a los ciegos,
Yahveh a los encorvados endereza,
Ama Yahveh a los justos,

Yahveh protege al forastero,
a la viuda y al huérfano sostiene.
mas el camino de los impíos tuerce;

Yahveh reina para siempre,
tu Dios, Sión, de edad en edad.

Segunda Lectura

Santiago 2,1-5

Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado. Supongamos que entra en vuestra asamblea un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y entra también un pobre con un vestido sucio; y que dirigís vuestra mirada al que lleva el vestido espléndido y le decís: «Tú, siéntate aquí, en un buen lugar»; y en cambio al pobre le decís: «Tú, quédate ahí de pie», o «Siéntate a mis pies». ¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos? Escuchad, hermanos míos queridos: ¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman?

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 7,31-37

Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. El, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: «¡Abrete!» Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

El pasaje evangélico nos habla de la curación de un sordo que, además, habla con dificultad (la curación, de hecho, consistirá en hablar correctamente). Jesús lleva a cabo esta curación en la región de la Decápolis, una tierra pagana situada más allá de las fronteras de Israel. Marcos parece querer destacar que el Evangelio no está reservado solo a los que son del pueblo de Israel, sino que todos tienen derecho a conocer la misericordia de Dios que libra y salva. También aquel sordo que presentan a Jesús para que lo cure. Jesús lo aparta de la gente, como si quisiera destacar que es necesaria una relación personal, directa, íntima, entre él y el enfermo. Los milagros, de hecho, se producen siempre en el ámbito de una amistad profunda y confiada en Dios.
Jesús levanta la mirada al cielo y le dice al sordomudo: «¡Efatá!», es decir, «¡Ábrete!». Es una sola palabra, pero sale de una oración y de un corazón lleno del amor de Dios. «Se abrieron sus oídos y, al instante -indica el evangelista-, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente.» Y recuerda la fuerte exhortación de Isaías al pueblo de Israel esclavo en Babilonia: «Decid a los de corazón inquieto: «¡Sed fuertes, no temáis! Mirad que llega vuestro Dios,... os salvará. Entonces se abrirán los ojos del ciego, las orejas de los sordos se destaparán». Aquel día, en aquel rincón perdido del actual Líbano del sur, «Dios había venido a salvar» a aquel hombre de su enfermedad. La fuerza de Dios se manifestaba solo con «una» palabra. Basta una sola palabra del Evangelio para cambiar al hombre, para transformar la vida; lo que cuenta es que brote de un corazón apasionado como el de Jesús y que sea acogida por un corazón necesitado como el del sordo. Jesús, podríamos decir, no se dirige a la oreja y a la boca sino al hombre entero, a toda la persona. Al sordo y no solo a su oreja le dice: «¡Ábrete!». Y «abriéndose» a Dios y al mundo entero todo el hombre queda curado.
Es conocida la íntima relación que hay entre la sordera y el mutismo. La curación requiere que ambos órganos queden sanos. Podríamos decir que eso es cierto también en el campo de la fe cristiana. Hace falta, ante todo, que la oreja (el hombre) se «abra» para escuchar la Palabra de Dios. Luego la lengua se desata y puede hablar. Hay un vínculo directo entre escuchar la palabra y comunicar. Quien no escucha se queda mudo, también en la fe. Este milagro nos hace reflexionar asimismo sobre el vínculo que se instaura entre nuestras palabras y la Palabra de Dios. Muchas veces no prestamos suficiente atención al peso que tienen nuestras palabras. Pero a través de estas nos expresamos a nosotros mismos mucho más de cuanto pensamos. Y no pocas veces malgastamos nuestras palabras o, peor aún, las utilizamos mal. El apóstol Santiago nos recuerda: «De una misma boca proceden la bendición y la maldición. Esto, hermanos míos, no debe ser así» (3,9-10). También nosotros, sordos y mudos, necesitamos escuchar para poder hablar o, mejor dicho, para poder hablar «correctamente». Sí, ese es el milagro de hablar bien, es decir, de la curación de un modo de hablar dañino y que divide, que Santiago estigmatiza. A menudo olvidamos la fuerza de construcción o destrucción de nuestra lengua. Por eso es necesario ante todo escuchar la «Palabra» de Dios para que purifique y fecunde nuestras «palabras», nuestro lenguaje, nuestro mismo modo de expresarnos. Para los cristianos se trata de una responsabilidad grandísima, porque la palabra es el único medio que tenemos para comunicar el Evangelio. Jesús dice: «de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio. Porque por tus palabras serás declarado justo y por tus palabras serás condenado» (Mt 12,36-37).