Liturgia del domingo

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XXIV del tiempo ordinario


Primera Lectura

Isaías 50,5-9

el Señor Yahveh me ha abierto el oído.
Y yo no me resistí,
ni me hice atrás. Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban,
mis mejillas a los que mesaban mi barba.
Mi rostro no hurté
a los insultos y salivazos. Pues que Yahveh habría de ayudarme
para que no fuese insultado,
por eso puse mi cara como el pedernal,
a sabiendas de que no quedaría avergonzado. Cerca está el que me justifica:
¿quién disputará conmigo?
Presentémonos juntos:
¿quién es mi demandante?
¡que se llegue a mí! He aquí que el Señor Yahveh me ayuda:
¿quién me condenará?
Pues todos ellos como un vestido se gastarán,
la polilla se los comerá.

Salmo responsorial

Psaume 114 (115)

¡No a nosotros, Yahveh, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria,
por tu amor, por tu verdad!

¿Por qué han de decir las gentes: "¿Dónde está su Dios?"

Nuestro Dios está en los cielos,
todo cuanto le place lo realiza.

Plata y oro son sus ídolos,
obra de mano de hombre.

Tienen boca y no hablan,
tienen ojos y no ven,

tienen oídos y no oyen,
tienen nariz y no huelen.

Tienen manos y no palpan,
tienen pies y no caminan,
ni un solo susurro en su garganta.

Como ellos serán los que los hacen,
cuantos en ellos ponen su confianza.

Casa de Israel, confía en Yahveh,
él, su auxilio y su escudo;

casa de Aarón, confía en Yahveh,
él, su auxilio y su escudo;

los que teméis a Yahveh, confiad en Yahveh,
él, su auxilio y su escudo.

Yahveh se acuerda de nosotros, él bendecirá,
bendecirá a la casa de Israel,
bendecirá a la casa de Aarón,

bendecirá a los que temen a Yahveh,
a pequeños y grandes.

¡Yahveh os acreciente
a vosotros y a vuestros hijos!

¡Benditos vosotros de Yahveh,
que ha hecho los cielos y la tierra!

Los cielos, son los cielos de Yahveh,
la tierra, se la ha dado a los hijos de Adán.

No alaban los muertos a Yahveh,
ni ninguno de los que bajan al Silencio;

mas nosotros, los vivos, a Yahveh bendecimos,
desde ahora y por siempre.

Segunda Lectura

Santiago 2,14-18

¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: «Tengo fe», si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: «Idos en paz, calentaos y hartaos», pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. Y al contrario, alguno podrá decir: «¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 8,27-35

Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas.» Y él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo.» Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.» Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

«¿Quién es este Jesús de Nazaret?». No hay duda de que se trata de una pregunta fundamental; lo era en tiempos de Jesús y sigue siéndolo en nuestros días. En el Evangelio de Marcos esta pregunta es tan determinante que tiene incluso el centro «físico» de la narración. Hemos llegado al octavo de los dieciséis capítulos de los que se compone el Evangelio de Marcos. Y es un punto fundamental. La escena se desarrolla en Galilea, mientras Jesús recorre los pueblos alrededor de Cesarea de Filipo, una pequeña ciudad situada bastante lejos de Jerusalén, en una región casi totalmente pagana. El evangelista quiere sugerir que allí empieza claramente el camino de Jesús hacia la ciudad santa. Desde aquel momento Jesús discurre «abiertamente» y sin que nada lo entretenga (v. 32). Por el camino los interroga sobre la opinión que la gente se ha hecho de él. Como se puede ver, Jesús mismo pone, en el centro de la narración, la «pregunta fundamental» de todo el Evangelio: el problema de su identidad.
Sustancialmente, se podría decir que la valoración sobre él es positiva y, en parte, acierta. Todos coinciden en admitir que en Jesús está el dedo de Dios, pero el juicio no está claro a pesar de toda la admiración que sienten por él como gran benefactor y taumaturgo. Por eso Jesús deja a un lado las opiniones de la gente y hace él mismo directamente la pregunta a sus discípulos: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Pedro contesta abiertamente e inequívocamente: «Tú eres el Cristo» («Cristo» es la traducción griega del hebreo «Mesías», que literalmente significa «el consagrado»). Esta parece ser la respuesta que Jesús espera finalmente.
Jesús, ante las palabras que lo reconocen como Mesías, empieza a hablar de su pasión (hablará de ella dos veces más en el futuro). Dice que el Hijo del hombre deberá sufrir mucho, deberá ser reprendido por los ancianos del pueblo, por los sumos sacerdotes y por los escribas; y luego será asesinado y resucitará el tercer día. Pedro, al oír estas palabras, se lo llevó aparte y se puso a reprenderle. Había reconocido la incomparable grandeza de Jesús hasta el punto de utilizar el título más grande que podía imaginar, pero no podía aceptar el «final» que les había predicho Jesús. Y ahí chocan dos concepciones del Mesías: la de Pedro, vinculada a la fuerza, al poder que se impone, a la instauración de un reino político; y la otra, la de Jesús, marcada por el descendimiento hasta la muerte que, no obstante, terminará en la resurrección.
Aquel discípulo que en nombre de los demás reconoce a Jesús como Mesías ahora se convierte en adversario; Jesús no puede hacer otra cosa que estigmatizarlo ante todos. Con una crudeza impresionante le dice: «¡Quítate de mi vista, Satanás!». Son palabras parecidas a las que encontramos en el Evangelio de Mateo, al final de las tentaciones del desierto. En ambos casos, incitan a Jesús a dar una connotación política a su mesianidad, para que se haga con un poder y un dominio de carácter terrenal. Sin duda es difícil acostumbrarse a la idea de un Mesías que elige el camino de la cruz y del descendimiento; aún así, ese es el camino de Dios. Jesús llama a la gente que le seguía y les dice que si alguien quiere ser discípulo suyo debe negarse a sí mismo, tomar su propia cruz y seguirle. Y añade: aquel que, de ese modo, pierda su vida, en realidad, la salvará. Todo eso se comprenderá con claridad el día de la resurrección de Jesús. Pero ya ahora, también para nosotros, el camino del servicio al Evangelio y al Señor es la manera de vivir plenamente según Dios. Nunca será licito que alguien desvíe el camino que sigue Jesús.