Liturgia del domingo

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XXIX del tiempo ordinario
Recuerdo del beato Giuseppe Puglisi, sacerdote de la Iglesia de Palermo, asesinado por la mafia en 1993.


Primera Lectura

Isaías 53,10-11

Mas plugo a Yahveh
quebrantarle con dolencias.
Si se da a sí mismo en expiación,
verá descendencia, alargará sus días,
y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma,
verá luz, se saciará.
Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos
y las culpas de ellos él soportará.

Salmo responsorial

Salmo 32 (33)

¡Gritad de júbilo, justos, por Yahveh!,
de los rectos es propia la alabanza;

¡dad gracias a Yahveh con la cítara,
salmodiad para él al arpa de diez cuerdas;

cantadle un cantar nuevo,
tocad la mejor música en la aclamación!

Pues recta es la palabra de Yahveh,
toda su obra fundada en la verdad;

él ama la justicia y el derecho,
del amor de Yahveh está llena la tierra.

Por la palabra de Yahveh fueron hechos los cielos
por el soplo de su boca toda su mesnada.

El recoge, como un dique, las aguas del mar,
en depósitos pone los abismos.

¡Tema a Yahveh la tierra entera,
ante él tiemblen todos los que habitan el orbe!

Pues él habló y fue así,
mandó él y se hizo.

Yahveh frustra el plan de las naciones,
hace vanos los proyectos de los pueblos;

mas el plan de Yahveh subsiste para siempre,
los proyectos de su corazón por todas las edades.

¡Feliz la nación cuyo Dios es Yahveh,
el pueblo que se escogió por heredad!

Yahveh mira de lo alto de los cielos,
ve a todos los hijos de Adán;

desde el lugar de su morada observa
a todos los habitantes de la tierra,

él, que forma el corazón de cada uno,
y repara en todas sus acciones.

No queda a salvo el rey por su gran ejército,
ni el bravo inmune por su enorme fuerza.

Vana cosa el caballo para la victoria,
ni con todo su vigor puede salvar.

Los ojos de Yahveh están sobre quienes le temen,
sobre los que esperan en su amor,

para librar su alma de la muerte,
y sostener su vida en la penuria.

Nuestra alma en Yahveh espera,
él es nuestro socorro y nuestro escudo;

en él se alegra nuestro corazón,
y en su santo nombre confiamos.

Sea tu amor, Yahveh, sobre nosotros,
como está en ti nuestra esperanza.

Segunda Lectura

Hebreos 4,14-16

Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos - Jesús, el Hijo de Dios - mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 10,35-45

Se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: «Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos.» El les dijo: «¿Qué queréis que os conceda?» Ellos le respondieron: «Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?» Ellos le dijeron: «Sí, podemos.» Jesús les dijo: «La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado.» Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

Marcos reproduce un diálogo entre Jesús y los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan. Estamos todavía de camino hacia Jerusalén y, por tercera vez, Jesús confía a los discípulos el destino de muerte que le espera al final del camino. Los dos discípulos, a los que no habían afectado en absoluto las palabras del Maestro, se acercan a Jesús y le piden los primeros puestos a su lado cuando instaure el reino. Ante la pretensión de los dos discípulos Jesús dice: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que voy a ser bautizado?». Jesús quiere explicarles las exigencias del Evangelio a través de dos símbolos bíblicos: el cáliz y el bautismo. Ambos símbolos son interpretados por Jesús en relación a su muerte. El cáliz es el signo de la ira de Dios, como escribe Isaías: «¡Despierta, despierta! ¡Levántate, Jerusalén! Tú que has bebido de mano del Señor la copa de su ira. El cáliz del vértigo has bebido» (Is 51,17). Con esta metáfora Jesús indica que él carga el juicio de Dios por el mal hecho en el mundo, pagando por ello con la muerte. Lo mismo se puede decir del bautismo: «Todas tus olas y tus crestas han pasado sobre mí» (Sal 42,8). Es decir, con las dos imágenes Jesús muestra que su camino no es una carrera hacia el poder. En todo caso es la asunción del mal de los hombres, como dijo el Bautista: «He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
Los dos discípulos probablemente ni siquiera escucharon las palabras del Maestro y aún menos comprendieron lo que significaban. A los dos apóstoles no les importa comprender, lo que les interesa es su puesto. Y contestan: «Sí, podemos». Esta respuesta, al igual que la petición de los dos hijos de Zebedeo, desencadenó la envidia de los demás discípulos. Es instintiva en los discípulos -de hecho, en cualquier persona-, la tendencia a hacer de maestro de uno mismo, a ser autosuficiente. Para el cristiano se cumple exactamente lo contrario: el discípulo se mantiene siempre en la escuela del maestro. Aunque ocupe cargos de responsabilidad, tanto en la Iglesia como en la vida civil, sigue siendo siempre hijo del Señor, es decir, discípulo que está a los pies de Jesús.
Por eso Jesús reúne nuevamente a los Doce a su alrededor: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros». El instinto del poder está muy arraigado en el corazón de los hombres. Nadie, aunque pertenezca a la comunidad cristiana, es inmune a esta tentación. Jesús continúa diciendo a sus discípulos: «Pero no ha de ser así entre vosotros». No se trata de una crítica al poder. El poder y la autoridad de los que habla el Evangelio son los del amor. Y Jesús lo explica no solo con las palabras cuando afirma «el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos», sino que lo explica con su propia vida. Dice de sí mismo: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos». Así debe ser para todo discípulo suyo.