Liturgia del domingo

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XXXI del tiempo ordinario
Recuerdo de san Carlos Borromeo (†1584), obispo de Milán.


Primera Lectura

Deuteronomio 6,2-6

a fin de que temas a Yahveh tu Dios, guardando todos los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, tú, tu hijo y tu nieto, todos los días de tu vida, y así se prolonguen tus días. Escucha, Israel; cuida de practicar lo que te hará feliz y por lo que te multiplicarás, como te ha dicho Yahveh, el Dios de tus padres, en la tierra que mana leche y miel. Escucha, Israel: Yahveh nuestro Dios es el único Yahveh. Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy.

Salmo responsorial

Salmo 17 (18)

Yo te amo, Yahveh, mi fortaleza,
(mi salvador, que de la violencia me has salvado).

Yahveh, mi roca y mi baluarte,
mi liberador, mi Dios;
la peña en que me amparo,
mi escudo y fuerza de mi salvación,
mi ciudadela y mi refugio.

Invoco a Yahveh, que es digno de alabanza,
y quedo a salvo de mis enemigos.

Las olas de la muerte me envolvían,
me espantaban las trombas de Belial,

los lazos del seol me rodeaban,
me aguardaban los cepos de la Muerte.

Clamé a Yahveh en mi angustia,
a mi Dios invoqué;
y escuchó mi voz desde su Templo,
resonó mi llamada en sus oídos.

La tierra fue sacudida y vaciló,
retemblaron las bases de los montes,
(vacilaron bajo su furor);

una humareda subió de sus narices,
y de su boca un fuego que abrasaba,
(de él salían carbones encendidos).

El inclinó los cielos y bajó,
un espeso nublado debajo de sus pies;

cabalgó sobre un querube, emprendió el vuelo,
sobre las alas de los vientos planeó.

Se puso como tienda un cerco de tinieblas,
tinieblas de las aguas, espesos nubarrones;

del fulgor que le precedía se encendieron
granizo y ascuas de fuego.

Tronó Yahveh en los cielos,
lanzó el Altísimo su voz;

arrojó saetas, y los puso en fuga,
rayos fulminó y sembró derrota.

El fondo del mar quedó a la vista,
los cimientos del orbe aparecieron,
ante tu imprecación, Yahveh,
al resollar el aliento en tus narices.

El extiende su mano de lo alto para asirme,
para sacarme de las profundas aguas;

me libera de un enemigo poderoso,
de mis adversarios más fuertes que yo.

Me aguardaban el día de mi ruina,
más Yahveh fue un apoyo para mí;

me sacó a espacio abierto,
me salvó porque me amaba.

Yahveh me recompensa conforme a mi justicia,
me paga conforme a la pureza de mis manos;

porque he guardado los caminos de Yahveh,
y no he hecho el mal lejos de mi Dios.

Porque tengo ante mí todos sus juicios,
y sus preceptos no aparto de mi lado;

he sido ante él irreprochable,
y de incurrir en culpa me he guardado.

Y Yahveh me devuelve según mi justicia,
según la pureza de mis manos que tiene ante sus ojos.

Con el piadoso eres piadoso,
intachable con el hombre sin tacha;

con el puro eres puro,
con el ladino, sagaz;

tú que salvas al pueblo humilde,
y abates los ojos altaneros.

Tú eres, Yahveh, mi lámpara,
mi Dios que alumbra mis tinieblas;

con tu ayuda las hordas acometo,
con mi Dios escalo la muralla.

Dios es perfecto en sus caminos,
la palabra de Yahveh acrisolada.
El es el escudo
de cuantos a él se acogen.

Pues ¿quién es Dios fuera de Yahveh?
¿Quién Roca, sino sólo nuestro Dios?

El Dios que me ciñe de fuerza,
y hace mi camino irreprochable,

que hace mis pies como de ciervas,
y en las alturas me sostiene en pie,

el que mis manos para el combate adiestra
y mis brazos para tensar arco de bronce.

Tú me das tu escudo salvador,
(tu diestra me sostiene), tu cuidado me exalta,

mis pasos ensanchas ante mí,
no se tuercen mis tobillos.

Persigo a mis enemigos, les doy caza,
no vuelvo hasta haberlos acabado;

los quebranto, no pueden levantarse,
sucumben debajo de mis pies.

Para el combate de fuerza me ciñes,
doblegas bajo mí a mis agresores,

a mis enemigos haces dar la espalda,
extermino a los que me odian.

Claman, mas no hay salvador,
a Yahveh, y no les responde.

Los machaco como polvo al viento,
como al barro de las calles los piso.

De las querellas de mi pueblo tú me libras,
me pones a la cabeza de las gentes;
pueblos que no conocía me sirven;

los hijos de extranjeros me adulan,
son todo oídos, me obedecen,

los hijos de extranjeros desmayan,
y dejan temblando sus refugios.

¡Viva Yahveh, bendita sea mi roca,
el Dios de mi salvación sea ensalzado,

el Dios que la venganza me concede
y abate los pueblos a mis plantas!

Tú me libras de mis enemigos,
me exaltas sobre mis agresores,
del hombre violento me salvas.

Por eso he de alabarte entre los pueblos,
a tu nombre, Yahveh, salmodiaré.

El hace grandes las victorias de su rey
y muestra su amor a su ungido,
a David y a su linaje para siempre.

Segunda Lectura

Hebreos 7,23-28

Además, aquellos sacerdotes fueron muchos, porque la muerte les impedía perdurar. Pero éste posee un sacerdocio perpetuo porque permanece para siempre. De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor. Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos, que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos Sumos Sacerdotes, luego por los del pueblo: y esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. Es que la Ley instituye Sumos Sacerdotes a hombres frágiles: pero la palabra del juramento, posterior a la Ley, hace el Hijo perfecto para siempre.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 12,28b-34

Jesús le contestó: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.» Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que El es único y que no hay otro fuera de El, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.» Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios.» Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

El Evangelio de este domingo nos lleva al templo de Jerusalén, donde Jesús ya se ha enfrentado a los sacerdotes, a los fariseos, a los herodianos y a los saduceos. Ahora interviene un escriba, que entra en el debate pero con ánimo distinto de los anteriores. Le hace a Jesús una pregunta verdadera, decisiva: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». De ese, en efecto, depende toda la vida. Jesús no tarda en contestar. Cita un pasaje del Deuteronomio que todos conocen porque es la profesión de fe que todos los piadosos israelitas recitan cada día, por la mañana y por la tarde: «Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4-5). Y luego añade: «El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que estos». El escriba coincide con Jesús: «Muy bien, Maestro: tienes razón al decir que Él es el único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (Mc 12,32-33). Aquel escriba es tan sabio y sincero que Jesús lo halaga con unas palabras que nos gustaría oír a cada uno de nosotros: «No estás lejos del Reino de Dios».
Jesús y su interlocutor están de acuerdo en el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo; dos mandamientos que están tan unidos que llegan a ser una misma cosa. Jesús es aquel que sabe amar más que todos y mejor que todos. Jesús ama al Padre por encima de todo. En todo el Evangelio se siente la particular relación entre Jesús y el Padre. Es la razón de su misma vida. Los apóstoles aprenden de la singular confianza que tenía en el Padre, hasta el punto de llamarle con el tierno apelativo de «papá» (abbá). En repetidas ocasiones le oyeron decir que el único objetivo de su vida era hacer la voluntad de Dios: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado» (Jn 4,34). Jesús es realmente el ejemplo más alto de cómo se ama a Dios por encima de todas las cosas. Jesús amó con la misma intensidad también a los hombres. Por eso «se hizo carne». En las Escrituras leemos que Jesús amó tanto a los hombres que dejó el cielo (es decir, la plenitud de la vida, de la felicidad, de la abundancia, de la paz) para estar entre nosotros. Y en su existencia hubo como un crescendo de amor y de pasión por los hombres, hasta el sacrificio de su misma vida.
Pero ¿qué significa amar «como a sí mismo»? Hay que fijarse en Jesús para entenderlo, porque Él es quien sabe indicarnos cuál es el verdadero amor por nosotros mismos. Jesús, que fue el primero que vivió estas palabras y lo hizo hasta el fondo, sugiere que la felicidad consiste en amar a los demás más que a uno mismo. Es una palabra difícil. ¿Quién puede ponerla en práctica? Debemos contestar que no hay nada imposible para Dios. Y este tipo de amor no se aprende solo o en los pupitres de la escuela de los hombres; al contrario, en esos lugares es aprende, y ya a muy corta edad, a amarse sobre todo a uno mismo, a amar las cosas de uno mismo, en contraposición a los demás. El amor del que nos habla Jesús lo recibimos de las alturas, es un don de Dios; de hecho, es el mismo Dios, quien viene a vivir en el corazón de los hombres. La santa Liturgia del domingo es el momento privilegiado para recibir el gran don del amor. Por eso, en el día del Señor, acerquémonos al altar con alegre gratitud. También nosotros, al igual que aquel escriba sabio, oiremos que nos dicen: «No estás lejos del Reino de Dios».