Liturgia del domingo

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XV del tiempo ordinario


Primera Lectura

Isaías 55,10-11

Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos
y no vuelven allá, sino que empapan la tierra,
la fecundan y la hacen germinar,
para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca,
que no tornará a mí de vacío,
sin que haya realizado lo que me plugo
y haya cumplido aquello a que la envié.

Salmo responsorial

Psaume 64 (65)

A ti se debe la alabanza,
oh Dios, en Sión.
A ti el voto se te cumple,

tú que escuchas la oración.
Hasta ti toda carne viene

con sus obras culpables;
nos vence el peso de nuestras rebeldías,
pero tú las borras.

Dichoso tu elegido, tu privado,
en tus atrios habita.
¡Oh, hartémonos de los bienes de tu Casa,
de las cosas santas de tu Templo!

Tú nos responderás con prodigios de justicia,
Dios de nuestra salvación,
esperanza de todos los confines de la tierra,
y de las islas lejanas;

tú que afirmas los montes con tu fuerza,
de potencia ceñido,

y acallas el estruendo de los mares,
el estruendo de sus olas.
Están los pueblos en bullicio,

por tus señales temen los que habitan los confines,
a las puertas de la mañana y de la tarde
haces tú gritar de júbilo.

Tú visitas la tierra y la haces rebosar,
de riquezas la colmas.
El río de Dios va lleno de agua,
tú preparas los trigales.
Así es como la preparas:

riegas sus surcos, allanas sus glebas,
con lluvias la ablandas, bendices sus renuevos.

Tú coronas el año con tu benignidad,
de tus rodadas cunde la grosura; "

destilan los pastos del desierto,
las colinas se ciñen de alegría; "

las praderas se visten de rebaños,
los valles se cubren de trigo;
¡y los gritos de gozo, y las canciones!"

Segunda Lectura

Romanos 8,18-23

Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros. Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 13,1-23

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas. Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga.» Y acercándose los discípulos le dijeron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» El les respondió: «Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: Oír, oiréis, pero no entenderéis,
mirar, miraréis, pero no veréis.
Porque se ha embotado el corazón de este pueblo,
han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado;
no sea que vean con sus ojos,
con sus oídos oigan,
con su corazón entiendan y se conviertan,
y yo los sane.
«¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron. «Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumba enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero los preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

Una muchedumbre se reúne alrededor de Jesús y es tan numerosa que se ve obligado a subir a una barca, tal vez de Pedro. Desde allí habla largo y tendido a la gente. Mateo reproduce la primera de las siete parábolas que forman toda una sección de su Evangelio. Es la parábola del sembrador. Jesús empieza diciendo que el sembrador sale a sembrar. Y echa las semillas con profusión, por todas partes, por todo el terreno, aunque solo una cuarta parte de las semillas echadas darán fruto. Y Jesús lo destacará. La narración presenta claramente una generosidad sorprendente que no calcula cuánto se echa a perder. Es propio de aquel sembrador tener confianza en todos los terrenos, incluso en los que son más un camino o un amasijo de piedras o una extensión de plantas espinosas que una tierra arada y disponible. El sembrador espera que las semillas echen raíces también allí.
Es una página que nos hace pensar en la urgencia de la misión evangélica que propone nuevamente el papa Francisco. Del mismo modo que Jesús hace "salir" al sembrador, también hoy el Papa pide a toda la Iglesia que salga a sembrar con generosidad, imitando a Jesús que echa las semillas en todos los terrenos, incluso en los más difíciles, las periferias donde el terreno parece más rocoso, más impracticable, más resistente, de peor calidad. Para Jesús -que es "el" sembrador-, ejemplo de todo sembrador, no hay terrenos que no sean importantes: no hay partes de aquel terreno que no sean dignas de recibir las semillas, que no sean dignas de atención, no hay que descartar ninguna parte, ni la más lejana. La urgencia de la misión nace de la necesidad que tiene todo el mundo del Evangelio, de saber que otros sembradores echan semillas de violencia y de conflicto. En esta página evangélica hay una urgencia misionera que interpela a los discípulos de hoy. Y también a nosotros.
Y podemos verlo en la segunda parte de la parábola. Los discípulos, probablemente por la tarde, después de volver a casa, le piden a Jesús que les explique aquella sorprendente parábola. Existe un momento de intimidad entre los discípulos y Jesús: "a vosotros se os ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos", les dice. Y entonces les explica lo que por la mañana ha dicho a la gente. Aquellas palabras suyas se dirigen también a ellos. Y es bien cierto que también ellos están llamados a ser sembradores: "Como el Padre me envió, también yo os envío". Pero ante todo deben ser escuchadores de aquella Palabra. Los discípulos, y nosotros, formamos parte de aquel terreno que el Señor siembra con profusión de semillas. Nosotros conocemos personalmente aquellos terrenos de los que habla la parábola. Nuestro corazón a veces es duro como un camino cuando dejamos espacio a la indiferencia; otras veces son las costumbres, como piedras, las que hacen que el terreno sea infructuoso; y ¿cuántas veces nos dejamos arrastrar por nuestras preocupaciones que ahogan aquella semilla que habíamos recibido y que había empezado a crecer?
Pero el Señor sale cada día también por nosotros y sigue sembrando. La fidelidad en la escucha nos hace partícipes de la tierra buena, la que sigue dando fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta.