Liturgia del domingo

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XX del tiempo ordinario
Recuerdo de san Esteban (†1038), rey de Hungría. Se convirtió al Evangelio y fomentó la evangelización en su país.


Primera Lectura

Isaías 56,1.6-7

Así dice Yahveh: Velad por la equidad y practicad la justicia, que mi salvación está para llegar y mi justicia para manifestarse. En cuanto a los extranjeros adheridos a Yahveh para su ministerio, para amar el nombre de Yahveh, y para ser sus siervos, a todo aquel que guarda el sábado sin profanarle y a los que se mantienen firmes en mi alianza, yo les traeré a mi monte santo y les alegraré en mi Casa de oración. Sus holocaustos y sacrificios serán gratos sobre mi altar. Porque mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos.

Salmo responsorial

Salmo 66 (67)

¡Dios nos tenga piedad y nos bendiga,
su rostro haga brillar sobre nosotros! Pausa.

Para que se conozcan en la tierra tus caminos,
tu salvación entre todas las naciones.

¡Te den, oh Dios, gracias los pueblos,
todos los pueblos te den gracias!

Alégrense y exulten las gentes,
pues tú juzgas al mundo con justicia,
con equidad juzgas a los pueblos,
y a las gentes en la tierra gobiernas. Pausa.

¡Te den, oh Dios, gracias los pueblos,
todos los pueblos te den gracias!

La tierra ha dado su cosecha:
Dios, nuestro Dios, nos bendice.

¡Dios nos bendiga, y teman ante él
todos los confines de la tierra!

Segunda Lectura

Romanos 11,13-15.29-32

Os digo, pues, a vosotros, los gentiles: Por ser yo verdaderamente apóstol de los gentiles, hago honor a mi ministerio, pero es con la esperanza de despertar celos en los de mi raza y salvar a alguno de ellos. Porque si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos? Que los dones y la vocación de Dios son irrevocables. En efecto, así como vosotros fuisteis en otro tiempo rebeldes contra Dios, mas al presente habéis conseguido misericordia a causa de su rebeldía, así también, ellos al presente se han rebelado con ocasión de la misericordia otorgada a vosotros, a fin de que también ellos consigan ahora misericordia. Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 15,21-28

Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada.» Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: «Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros.» Respondió él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel.» Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!» El respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.» «Sí, Señor - repuso ella -, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.» Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas.» Y desde aquel momento quedó curada su hija.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

En los Evangelios raramente vemos a Jesús con sus discípulos fuera de Palestina. Tiro y Sidón estaban fuera de los horizontes de un grupo de judíos como Jesús y sus discípulos. Esta extrañeza se manifiesta en el encuentro con esta mujer cananea, una extranjera, que implora la curación de su hija. Jesús primero calla (dice el Evangelio que "él no le respondió palabra"), luego contesta de manera que nos sorprende, con una negativa: "No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos". Son palabras y actitudes que nos sorprenden, quizás porque todos nosotros en el fondo estamos convencidos de que ya conocemos al Señor y luchamos poco por conocerle mejor y para conquistar su amor y su amistad. Esta mujer pagana aparentemente alejada del Señor, por el amor hacia su hija "malamente endemoniada", osa resistirse a Jesús y entabla una lucha con él. Aunque nunca ha oído las enseñanzas de Jesús, por su necesidad aprende a poner en práctica aquella insistencia en la oración que tantas veces encomienda Jesús a sus discípulos: "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá". Esta mujer no se resigna; se rebela al mal, pide; busca y llama al corazón del Señor hasta tres veces: "¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David!" y "¡Señor, socórreme!", y por último, aquella respuesta tan emocionante: "Sí, Señor. Pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos". Son palabras llenas de fe, síntesis de aquella oración que Jesús enseñó ("cuando oréis, no charléis mucho"). Y estas palabras suscitan la admiración de Jesús y también su respuesta: "Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas".
En este evangelio Jesús deja que le toquen el corazón. No es ajeno al dolor del hombre. El amor, cuando es verdadero, supera toda distancia. Por eso admira la fe "grande" de aquella pobre mujer. Imitemos su fe: busquemos al Señor cada día, dirijámonos a él en la oración con un amor grande y con inteligencia, intercedamos por los que viven atormentados por el miedo, por la violencia, por el odio y el desprecio.