Liturgia del domingo

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XXX del tiempo ordinario


Primera Lectura

Éxodo 22,20-26

No maltratarás al forastero, ni le oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto. No vejarás a viuda ni a huérfano. Si le vejas y clama a mí, no dejaré de oír su clamor, se encenderá mi ira y os mataré a espada; vuestras mujeres quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, al pobre que habita contigo, no serás con él un usurero; no le exigiréis interés. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás al ponerse el sol, porque con él se abriga; es el vestido de su cuerpo. ¿Sobre qué va a dormir, si no? Clamará a mí, y yo le oiré, porque soy compasivo.

Salmo responsorial

Salmo 17 (18)

Yo te amo, Yahveh, mi fortaleza,
(mi salvador, que de la violencia me has salvado).

Yahveh, mi roca y mi baluarte,
mi liberador, mi Dios;
la peña en que me amparo,
mi escudo y fuerza de mi salvación,
mi ciudadela y mi refugio.

Invoco a Yahveh, que es digno de alabanza,
y quedo a salvo de mis enemigos.

Las olas de la muerte me envolvían,
me espantaban las trombas de Belial,

los lazos del seol me rodeaban,
me aguardaban los cepos de la Muerte.

Clamé a Yahveh en mi angustia,
a mi Dios invoqué;
y escuchó mi voz desde su Templo,
resonó mi llamada en sus oídos.

La tierra fue sacudida y vaciló,
retemblaron las bases de los montes,
(vacilaron bajo su furor);

una humareda subió de sus narices,
y de su boca un fuego que abrasaba,
(de él salían carbones encendidos).

El inclinó los cielos y bajó,
un espeso nublado debajo de sus pies;

cabalgó sobre un querube, emprendió el vuelo,
sobre las alas de los vientos planeó.

Se puso como tienda un cerco de tinieblas,
tinieblas de las aguas, espesos nubarrones;

del fulgor que le precedía se encendieron
granizo y ascuas de fuego.

Tronó Yahveh en los cielos,
lanzó el Altísimo su voz;

arrojó saetas, y los puso en fuga,
rayos fulminó y sembró derrota.

El fondo del mar quedó a la vista,
los cimientos del orbe aparecieron,
ante tu imprecación, Yahveh,
al resollar el aliento en tus narices.

El extiende su mano de lo alto para asirme,
para sacarme de las profundas aguas;

me libera de un enemigo poderoso,
de mis adversarios más fuertes que yo.

Me aguardaban el día de mi ruina,
más Yahveh fue un apoyo para mí;

me sacó a espacio abierto,
me salvó porque me amaba.

Yahveh me recompensa conforme a mi justicia,
me paga conforme a la pureza de mis manos;

porque he guardado los caminos de Yahveh,
y no he hecho el mal lejos de mi Dios.

Porque tengo ante mí todos sus juicios,
y sus preceptos no aparto de mi lado;

he sido ante él irreprochable,
y de incurrir en culpa me he guardado.

Y Yahveh me devuelve según mi justicia,
según la pureza de mis manos que tiene ante sus ojos.

Con el piadoso eres piadoso,
intachable con el hombre sin tacha;

con el puro eres puro,
con el ladino, sagaz;

tú que salvas al pueblo humilde,
y abates los ojos altaneros.

Tú eres, Yahveh, mi lámpara,
mi Dios que alumbra mis tinieblas;

con tu ayuda las hordas acometo,
con mi Dios escalo la muralla.

Dios es perfecto en sus caminos,
la palabra de Yahveh acrisolada.
El es el escudo
de cuantos a él se acogen.

Pues ¿quién es Dios fuera de Yahveh?
¿Quién Roca, sino sólo nuestro Dios?

El Dios que me ciñe de fuerza,
y hace mi camino irreprochable,

que hace mis pies como de ciervas,
y en las alturas me sostiene en pie,

el que mis manos para el combate adiestra
y mis brazos para tensar arco de bronce.

Tú me das tu escudo salvador,
(tu diestra me sostiene), tu cuidado me exalta,

mis pasos ensanchas ante mí,
no se tuercen mis tobillos.

Persigo a mis enemigos, les doy caza,
no vuelvo hasta haberlos acabado;

los quebranto, no pueden levantarse,
sucumben debajo de mis pies.

Para el combate de fuerza me ciñes,
doblegas bajo mí a mis agresores,

a mis enemigos haces dar la espalda,
extermino a los que me odian.

Claman, mas no hay salvador,
a Yahveh, y no les responde.

Los machaco como polvo al viento,
como al barro de las calles los piso.

De las querellas de mi pueblo tú me libras,
me pones a la cabeza de las gentes;
pueblos que no conocía me sirven;

los hijos de extranjeros me adulan,
son todo oídos, me obedecen,

los hijos de extranjeros desmayan,
y dejan temblando sus refugios.

¡Viva Yahveh, bendita sea mi roca,
el Dios de mi salvación sea ensalzado,

el Dios que la venganza me concede
y abate los pueblos a mis plantas!

Tú me libras de mis enemigos,
me exaltas sobre mis agresores,
del hombre violento me salvas.

Por eso he de alabarte entre los pueblos,
a tu nombre, Yahveh, salmodiaré.

El hace grandes las victorias de su rey
y muestra su amor a su ungido,
a David y a su linaje para siempre.

Segunda Lectura

Primera Tesalonicenses 1,5-10

ya que os fue predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo, con plena persuasión. Sabéis cómo nos portamos entre vosotros en atención a vosotros. Por vuestra parte, os hicisteis imitadores nuestros y del Señor, abrazando la Palabra con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones. De esta manera os habéis convertido en modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. Partiendo de vosotros, en efecto, ha resonado la Palabra del Señor y vuestra fe en Dios se ha difundido no sólo en Macedonia y en Acaya, sino por todas partes, de manera que nada nos queda por decir. Ellos mismos cuentan de nosotros cuál fue nuestra entrada a vosotros, y cómo os convertisteis a Dios, tras haber abandonado los ídolos, para servir a Dios vivo y verdadero, y esperar así a su Hijo Jesús que ha de venir de los cielos, a quien resucitó de entre los muertos y que nos salva de la Cólera venidera.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 22,34-40

Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» El le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

El doctor de la Ley interroga a Jesús solo para ponerlo a prueba. Suele actuar así quien piensa que siempre tiene razón. Se pone a discutir con Jesús, buscando en él cualquier contradicción para demostrar que se equivoca. Nosotros hacemos lo mismo con los demás. Nos basta una "prueba" para condenar, para dejar de ser amigos, para ser indiferentes, que es lo contrario de tener amor.
La pregunta que hace el doctor de la Ley es fundamental. "¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?" En la confusión de nuestra vida es fácil relativizarlo todo, vivir sin un mandamiento claro, sin una prioridad en lugar de muchas seguidas. Un mandamiento no se puede reducir a mi psicología, sino que requiere adaptarse a él. Es fácil, en cambio, que mis sensaciones, mi bienestar, sobresalgan por encima del mandamiento, es decir, que sean la ley que obedecemos. Para el Señor solo hay una ley: la ley del amor. Es un mandamiento que salva a quien ama y hace mejor la vida del que es amado. El amor transforma nuestra vida mucho más de cuanto pensamos con nuestros cálculos, nuestras dudas, nuestras certezas, nuestras numerosas resignaciones. El Evangelio nos recuerda la esencia de la fe y de la vida. El Evangelio nos dice que la esencia de la fe es la unidad de los dos mandamientos: el amor por el prójimo se asimila al amor total por Dios.
Evidentemente esta identificación no disminuye ni un término ni el otro. Y la primacía de Dios es siempre inequívoca. Aun así, no se puede amar a Dios sin amar al prójimo. Eso significa que el camino para llegar a Dios se cruza necesariamente con el que lleva a los hombres, sobre todo el que lleva a los más débiles. Ayudándoles a ellos, ayudamos a Dios; defendiéndoles a ellos, defendemos a Dios. Pero además Dios no se pone ni siquiera en competencia con el amor por los hombres. No insiste en la reciprocidad, como haríamos nosotros. Jesús no nos dice: "amadme como yo os he amado" sino "amaos como yo os he amado". Las disposiciones del libro del Éxodo que se nos proponen aclaran esta idea. Se nos pide que acojamos al extranjero (un mandamiento claro que lucha contra la avaricia y el egoísmo que nos llevan a cerrarnos y a ser inhospitalarios), al huérfano y a la viuda. Dios mismo se ha puesto de su parte. Él escucha su grito y hará justicia. De estos dos mandamientos dependen no solo toda la Ley y los profetas, sino también la misma vida en nuestra tierra, si queremos que sea realmente digna para todos.