Oración de los Apóstoles

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Fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo, mártires en Roma alrededor de los años 60-70 del siglo I.
Recuerdo del beato Ramón Llull (+1316), catalán con un espíritu afín al de san Francisco que amó a los musulmanes y promovió el diálogo entre creyentes.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si morimos con él, viviremos con él,
si perseveramos con él, con él reinaremos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 16,13-19

Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas.» Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si morimos con él, viviremos con él,
si perseveramos con él, con él reinaremos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hoy se celebra la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo, una fiesta que acompaña la historia de la Iglesia, especialmente de la comunidad cristiana de Roma, donde los dos apóstoles dieron testimonio de su fe hasta el martirio, que según la tradición tuvo lugar el 29 de junio del año 67. El apóstol Pedro fue crucificado en la colina vaticana y Pablo fue decapitado en la via Ostiense. Su historia como creyentes fue distinta, pero para ambos el encuentro con Jesús significó un cambio de nombre y de historia.
Jesús llamó a Pedro mientras arreglaba las redes a orillas del mar de Galilea. Era un simple pescador, pero deseaba que surgiera un mundo nuevo. Por eso, en cuanto Jesús lo llamó a una vida más abierta y a pescar hombres en lugar de peces, "al instante, dejando las redes, le siguió". Así pues, es uno de los Doce. Pedro se sentía fuerte y seguro por pertenecer a aquel grupo. Pero el verdadero Pedro -el discípulo al que Jesús le confía su rebaño- es el hombre débil que se deja tocar por el Espíritu de Dios y proclama antes que nadie: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo", como hemos leído en el Evangelio (Mt 16,16). El Señor convirtió aquella debilidad en la "piedra" del edificio espiritual del que todos formamos parte.
A Pablo, lo encontramos de joven junto a los que están lapidando a Esteban, guardando los mantos de los lapidadores. Ponía un fuerte empeño en combatir a la joven comunidad cristiana. Logró incluso que le autorizaran a perseguirla. Pero en el camino de Damasco el Señor le hizo caer de sus seguridades y de su orgullo. Envuelto en polvo, levantó los ojos al cielo y vio al Señor que le dijo: "¿Por qué me persigues?". Saulo sintió que le tocaban el corazón: de sus ojos no salieron lágrimas, sino que se quedaron cerrados. Dejó que le llevaran de la mano hasta Damasco donde, tras escuchar el Evangelio, abrió nuevamente los ojos y empezó a predicar el amor por todos, derribando así los muros de división: ya no había judío ni griego, ni esclavo ni libre. En la fiesta de hoy la Iglesia los recuerda juntos, como si quisiera recomponer de manera unitaria su precioso testimonio. Ambos, con sus distintas riquezas y con su carisma marcaron la Iglesia única de Cristo. Sus rasgos forman parte de la fe y de la vida de la Comunidad cristiana no solo de Roma, sino de toda la Iglesia, ya que la tradición católica respira con el espíritu de estos dos testimonios: la fe humilde y firme de Pedro y el corazón grande y misionero de Pablo. Ahora que en el corazón de muchas personas vuelven a levantarse fronteras que separan a unos de otros, su testimonio no deja de predicar aquel amor sin fronteras que es el único que puede salvar a nuestro mundo de la triste deriva conflictiva hacia la que parece dirigirse y que sufren en primer lugar los pobres. Hacen falta la fuerza de la fe de Pedro y la universalidad de la fe de Pablo para mostrar a todos el camino de la salvación.