Oración por la Iglesia

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Recuerdo de Atenágoras (+1972), patriarca de Constantinopla, padre del diálogo ecuménico.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Oseas 11,1-4.8-9

Cuando Israel era niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí:
a los Baales sacrificaban,
y a los ídolos ofrecían incienso. Yo enseñé a Efraím a caminar,
tomándole por los brazos,
pero ellos no conocieron que yo cuidaba de ellos. Con cuerdas humanas los atraía,
con lazos de amor,
y era para ellos como los que alzan a un niño contra
su mejilla,
me inclinaba hacia él y le daba de comer. ¿Cómo voy a dejarte, Efraím,
cómo entregarte, Israel?
¿Voy a dejarte como a Admá,
y hacerte semejante a Seboyim?
Mi corazón está en mí trastornado,
y a la vez se estremecen mis entrañas. No daré curso al ardor de mi cólera,
no volveré a destruir a Efraím,
porque soy Dios, no hombre;
en medio de ti yo soy el Santo,
y no vendré con ira.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este pasaje describe la atención paterna y materna de Dios por Israel. El mismo llamamiento inicial de Dios a Israel para liberarlo de la esclavitud de Egipto brota gratuito de un corazón apasionado que quiere no solo liberar a aquel hijo sino también confiarle una misión extraordinaria. Para aquel hijo la liberad es cumplir el sueño que el Padre tiene para la humanidad. Lo libra de la esclavitud, lo cuida, lo hace crecer, le enseña a caminar tomándolo de la mano, lo atrae hacia él con lazos de misericordia y se inclina para alimentarlo. Lo hace todo por aquel hijo. ¡Y aun así no recibe más que traiciones! Es una página vehemente de amor que podemos aplicarnos también a nosotros. El Señor también nos ha cuidado a nosotros, como un padre tierno y atento. Nos ha hecho formar parte de su pueblo de su familia, de la comunidad de creyentes. Y nos ha dado una madre, la Iglesia, como solían decir los Padres de la primera Iglesia: "No se puede tener a Dios por padre si no se tiene a la Iglesia por madre". Nosotros, en cambio, muchas veces seguimos tras nuestros pequeños proyectos, nuestras cortas perspectivas, rechazamos el amor de Dios y nos alejamos de él. Pero el Señor no abandona el sueño que tiene para nosotros, el sueño de librarnos de todas las esclavitudes del mundo para que seamos testigos en medio de todos los pueblos de un amor extraordinario que no tiene otro límite que el de ser ilimitado. Por eso, a pesar de nuestras traiciones, el Padre vuelve a llamarnos, a inclinarse ante nosotros, a seguirnos con diligencia, a perdonarnos y a llevarnos hacia él.