Oración con María, madre del Señor

Compartir En


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ezequiel 2,8-3,4

Y tú, hijo de hombre, escucha lo que voy a decirte, no seas rebelde como esa casa de rebeldía. Abre la boca y come lo que te voy a dar. Yo miré: vi una mano que estaba tendida hacia mí, y tenía dentro un libro enrollado. Lo desenrolló ante mi vista: estaba escrito por el anverso y por el reverso; había escrito: "Lamentaciones, gemidos y ayes." Y me dijo: "Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel." Yo abrí mi boca y él me hizo comer el rollo, y me dijo: "Hijo de hombre, aliméntate y sáciate de este rollo que yo te doy." Lo comí y fue en mi boca dulce como la miel. Entonces me dijo: "Hijo de hombre, ve a la casa de Israel y háblales con mis palabras.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El profeta recibe de Dios la misión a través de una especie de liturgia sacramental. En primer lugar le pide a Ezequiel que escuche y obedezca: "Hijo de hombre, escucha lo que voy a decirte; no seas rebelde". Todavía no sabe cuál es la tarea que le confía el Señor, pero la condición previa es escuchar la Palabra de Dios. Cuando estamos ante el Señor, ante todo tenemos que escuchar, porque solo quien escucha puede vivir la Palabra. Eso es la fe, que "viene de la predicación", como dirá el apóstol Pablo (Rm 10,17). Así pues, todos pueden ser creyentes si empiezan a confiar en esta Palabra que está, en primer lugar, en la Biblia. Como si quisiera mostrar el sentido y la verdad de lo que acaba de decir, el Señor lo invita a comer un "libro enrollado", símbolo de la Palabra que el profeta debe escuchar y también leer. En aquella época, efectivamente, se escribía en "libros enrollados" de pergamino. Estos contenían lo que el Señor quería comunicar y que debía entrar en lo más profundo del corazón y de la carne misma del profeta, porque la Palabra de Dios es su alimento y el nuestro, lo que alimenta nuestra vida y puede alimentar también la vida de los demás. Por eso el profeta es aquel que, ante todo, debe comunicar esta Palabra para que pueda saciar el hambre de todos los que tendrán la gracia y la alegría de escucharla y de alimentarse de aquel libro enrollado. Debe alimentarse de las Santas Escrituras hasta convertirse él mismo en palabra viva, es decir, debe comunicarla con sus palabras, con su vida, con sus gestos.