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HOMILÍA - Los movimientos eclesiales, escuelas de libertad… - Mons. Stanislaw Rylko


 
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Introducción

 

 Saludo cordialmente a la Comunidad de S. Egidio que está en Barcelona y a sus muchos amigos reunidos ante el altar del Señor en el día en que ella celebra el aniversario de su fundación, en el ya lejano 1968 (mil novecientos sesenta y ocho). Con Mons. Matteo Zuppi os traigo el saludo fraterno de la Comunidad de Roma, en este momento unida espiritualmente a nosotros. Me alegra mucho presidir esta Eucaristía de acción de gracias al Señor por todo el bien que el carisma que dio origen a la Comunidad de S. Egidio ha generado en la vida de cada uno y cada una de vosotros y en la vida de una enorme agrupación de hombres y mujeres que se hallan en todo el mundo. Esta tarde estoy aquí en mi función de Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos para agradeceros, en nombre de la Iglesia, la obra preciosa que realizáis y para deciros, una vez más que la Iglesia tiene necesidad de vosotros y cuenta con vosotros.

 HOMILÍA

  Los movimientos eclesiales, escuelas de libertad…

 

1.      La palabra de Dios que hemos escuchado nos lleva al corazón mismo del tiempo sagrado de Cuaresma que estamos viviendo. El tema central que se propone a nuestra meditación se expresa con dos palabras: esclavitud y libertad – dos opciones fundamentales que se presentan a cada persona. En la primera lectura hemos sido testigos de la aparición de Dios a Moisés en el desierto bajo la forma de la zarza ardiente. Curioso por ese fenómeno nunca visto, Moisés se acerca, pero una voz lo detiene: «No te acerques; quítate las sandalias, porque el lugar que pisas es sagrado […]. Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» (Ex 3, 5-6). El misterio de la presencia de Dios es siempre desconcertante. Moisés se detiene y, atemorizado, se cubre el rostro. Pero el Señor le sigue hablando: «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto y he oído el clamor [..] y conozco sus angustias. Voy a bajar para librarlo del poder de los egipcios. Lo sacaré de este país y lo llevaré a una tierra nueva y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel» (Ex 3,7-8). En esta importante teofanía del Antiguo Testamento, Dios se manifiesta como un Dios con un corazón desbordante de amor, un Dios sumamente sensible a la suerte de su pueblo, un Dios que siente compasión e interviene directamente para librarlo de la esclavitud. Ha comenzado, así, la gran aventura del Éxodo, la salida del pueblo escogido de Egipto bajo la guía de Moisés. Una marcha hacia la tierra prometida de cuarenta años de desierto y llena de los prodigios de Dios, fiel a su proyecto de libertad, pero también de traiciones y rebeliones del pueblo que él mismo ha elegido. El camino hacia la libertad no es nunca fácil, el precio de la libertad es siempre muy elevado.

Durante la Cuaresma, la Iglesia nos invita a todos a emprender un recorrido semejante para pasar de las muchas formas de esclavitud que experimentamos en nuestra vida a la verdadera libertad. La Cuaresma debería ser para nosotros como ese camino del pueblo de la Antigua Alianza que ha sido la imagen y el anuncio de la liberación que Cristo nos ha traído a través de su muerte en la cruz y su resurrección: la liberación del yugo del pecado, que es fuente y raíz de toda esclavitud que aprisiona al hombre. «Para que seamos libres, nos ha liberado Cristo» (Gal 5,1), dice el Apóstol. En nuestro tiempo, la palabra libertad es una de las más maltratadas y tergiversadas. Cuántas veces sirve para camuflar las formas más terribles de esclavitud y degradación de la dignidad de la persona: la esclavitud del dinero, del éxito a toda costa, de la droga, del sexo. La Cuaresma constituye una invitación a volver a encontrar el verdadero significado de la libertad.  No existe la libertad sin la verdad, sin una recta conciencia moral del hombre. Por eso Cristo nos llama a la conversión: «Si no os convertís, también vosotros pereceréis» (Lc 13,3). Nuestra libertad enferma necesita ser curada. Y sólo Cristo puede sanarla. Para nosotros los cristianos, la plena libertad es Cristo: su persona y su Evangelio. Vivir como cristianos quiere decir vivir como personas libres en Cristo. Nicolas Berdiaev, célebre filósofo ruso del siglo XX, escribió al respecto unas palabras bien claras: «La libertad de la persona no es un derecho: esta es una concepción superficial. Es un deber, una vocación, la realización de la idea de Dios en el hombre, una respuesta al llamamiento de Dios. El hombre debe ser libre, no tiene el derecho de ser esclavo, porque debe ser un hombre. Esa es la voluntad de Dios» (De l’esclavage et de la liberté de l’homme, p.63)

2.      Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo han encontrado auténticas “escuelas de libertad” (Benedicto XVI) en los movimientos eclesiales y en las nuevas comunidades. ¿Cómo no recordar aquí el inolvidable encuentro del Papa Benedicto XVI con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades la vigilia de Pentecostés, 2006? Un pueblo en fiesta de unas 300 mil personas llenó la plaza de San Pedro. Por invitación del Papa, llegaron a Roma de todos los rincones de la tierra para dar testimonio ante el mundo entero, con el entusiasmo de la fe, que ser cristianos es una cosa muy hermosa y comunicarlo a los demás produce una inmensa alegría. Benedicto XVI ha querido, así, dar un signo de continuidad con el magisterio de su predecesor respecto a los movimientos y demostrarles toda su confianza. Escribía en su mensaje al II Congreso Mundial de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades: «Los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades son, hoy, signo luminoso de la belleza de Cristo y de la Iglesia, su Esposa. Vosotros pertenecéis a la estructura viva de la Iglesia. Ella os agradece vuestro empeño misionero y la acción de formación que desarrolláis» (22 de mayo, 2006). Y al terminar el encuentro de la vigilia de Pentecostés, les quiso dar una importante consigna, la de «ser, aún más, mucho más, colaboradores del ministerio apostólico universal del Papa, abriendo las puertas a Cristo […], el mejor servicio de la Iglesia a los hombres». Según el Pontífice, los movimientos nacen de una doble sed del corazón humano: de la sed de plenitud de vida y de la sed de libertad, la libertad verdadera y grande de los hijos de Dios (cf. Homilía de las vísperas de la vigilia de Pentecostés, 3 de junio, 2006). En el pensamiento del Papa, estas realidades asociativas son fruto de las “siempre nuevas irrupciones del Espíritu” en la vida de la Iglesia, “modos fuertes de vivir la fe”, «lugares de fe en los que los jóvenes y los adultos experimentan un modelo de vida en la fe como oportunidad para la vida de hoy» (Discurso a los Obispos de la Conferencia Episcopal Alemana, 18 de noviembre, 2006). En un mundo en el que no pocos cristianos corren el peligro de ceder a la tentación del cansancio y el desaliento ante la presión de la cultura laicista, las realidades asociativas vuelven a encender en muchos el valor de ser coherentes y orgullosos de la propia fe.

3.      Este es el telón de fondo eclesial de la actual memoria del origen de la Comunidad de S. Egidio. En la vida de un movimiento eclesial, la memoria del propio origen es un elemento sumamente importante. Es la garantía de una identidad clara y de fidelidad al carisma original. Por ese motivo las Comunidades de S. Egidio esparcidas por el mundo realizan cada año este viaje de regreso espiritual a Roma, donde, en 1968, en una pequeña iglesia de Trastevere, nació la Comunidad. En el clima de candente fermento ideológico de los años sesenta, un grupo de estudiantes de los últimos años de bachillerato, encabezado por Andrea Riccardi, descubre que el Evangelio es un proyecto de vida por el cual vale la pena jugarse todo. Así comenzó la hermosísima experiencia de fe que en estos treinta y nueve años se ha difundido en más de setenta países de los cinco continentes. Cuántos jóvenes, gracias a la Comunidad de S. Egidio, han encontrado a Cristo, que ha cambiado totalmente su existencia… El grano de mostaza se ha transformado en un árbol muy grande.

Desde el principio, la Comunidad puso su confianza en la “fuerza débil” de la oración.  Y todas vuestras iniciativas nacen de la oración y de la escucha de la palabra de Dios. Como dice el canto, “no tenemos muchas riquezas, sólo la palabra del Señor…”. Se forma, así, una red de amistades, sutil y sólida, especialmente con los débiles y los marginados: con el enfermo, el minusválido, el anciano, el pobre, el extranjero. Del Evangelio habéis aprendido la constante atención hacia el hombre que sufre y a su gran dignidad. En los pobres habéis descubierto maestros preciosos para aprender la verdadera humanidad. Y asombra siempre el valor con que la Comunidad de S.Egidio afronta los grandes desafíos de nuestro tiempo, la audacia con que se lanza hacia fronteras siempre nuevas: el diálogo ecuménico, el diálogo interreligioso, iniciativas de paz en situaciones a veces humanamente desesperadas, el importante proyecto para el tratamiento del Sida en el continente africano, ya en marcha. ¿Cómo no dar gracias hoy, al Señor, por todo el bien que nace en el mundo y en la Iglesia gracias a vuestro compromiso y a vuestro impulso misionero? ¿Cómo no agradecerle también las iniciativas promovidas y realizadas con entusiasmo y entrega, aquí en Barcelona, una gran metrópolis con no pocos problemas sociales y religiosos? La construcción de la “Escuela de la Paz” – un servicio para los niños abandonados -, la amistad con tantos ancianos que atendéis, con las familias de los gitanos, con las personas sin techo que viven por la calle… por no mencionar sino algunas.

Para terminar nuestra meditación, formulo mis sinceros votos porque la “fantasía de la caridad”, propia de la Comunidad de S. Egidio, no se opaque jamás, no pierda nunca su dinamismo evangélico. Y os digo gracias por vuestro empeño y, sobre todo, por el testimonio de fe – joven y llena de alegría- que dáis a un mundo que tanto lo necesita. Al veros reunidos tan numerosos ante el altar del Señor, me vienen a la memoria las palabras que fueron el hilo conductor del encuentro de los movimientos con el Papa Benedicto XVI durante la vigilia de Pentecostés 2006: ¡Ser cristianos es muy hermoso! ¡Es hermoso ser discípulos de Cristo, «el más hermoso de los hombres»! (Sal 45).

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