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09/12/2016
Memoria de Jesús crucificado

La oración cada día


 
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8 Septiembre 2015 09:30 | Palacio de Congresos - Pallati i Kongreseve

Intervención de Daniela Pompei



Daniela Pompei


Comunidad de Sant'Egidio, Italia

El título de esta mesa redonda es "Migrantes: un desafío global". Un desafío, sí, pero no solo para nuestros inadecuados sistemas de acogida, o para nuestros mortecinos debates para revisar algún trámite híper-burocrático. No. El desafío es mayor. Es un desafío para nuestros valores fundacionales, para nuestro continente envejecido precozmente. Estamos ante una cuestión radical: si podemos definirnos como humanos o no.
Existe una imagen que entra dramática y dolorosamente en la reflexión que hacemos hoy aquí. Es la del niño sirio, Aylan Kurdi, muerto en la orilla del mar en Turquía.
Nunca olvidaremos esa imagen. Un niño de apenas tres años que se había subido a una barca neumática con sus padres en búsqueda de salvación. Junto con él murieron también su hermano de 5 años y su madre. Una familia curda de Kobane. Kobane es una de las ciudades que ha resistido al terrorismo. Aquella foto representa la tragedia atroz de este éxodo de refugiados. Representa también la culpable inercia de los países europeos.
Aylan en su corta vida no conoció más que la guerra. Nació durante la guerra. Nos interroga, pues, no solo por el drama de la falta de acogida, sino también por el drama de una guerra absurda, larga, a la que no se han dedicado la atención ni los esfuerzos necesarios para pararla. Pienso en los repetidos y aislados llamamientos de Andrea Riccardi por la paz y por Alepo.
A propósito de la guerra siria Riccardi ha dicho: "algo terrible está sucediendo pero es ignorado o se observa con resignación (...). Es necesario que los gobiernos sientan un sobresalto de responsabilidad. Hay que imponer la paz en nombre de quien sufre" (fin de la cita). Hay que imponer la paz en nombre de Aylan y de su familia, en nombre de los 12 millones entre refugiados y desplazados internos. 
En este tiempo hace falta una nueva visión para Europa, hay que ir más allá del desarraigo y el miedo a la invasión. Hace falta una visión sobre las migraciones que encuentre su fuerza en la historia, en el conocimiento, en la esperanza, en la fe y en el sueño de una vida mejor para todos.
¡El descubrimiento sorprendente de estos últimos días es que Europa tiene corazón! ¡Los europeos tienen corazón! Conmoción, indignación y solidaridad. Son las actitudes que están emergiendo con fuerza, y que despiertan al mundo de un torpor y lo liberan de una pátina plúmbea e impenetrable. Hasta los gobernantes más asustadizos, los populistas más convencidos, los burócratas más fríos y los medios de comunicación más distraídos han tenido que revisar su manera acostumbrada y defensiva de representar la realidad de la llegada de los refugiados al corazón de Europa.
Los europeos están demostrando que van por delante de quien gobierna o de quien los presenta solo como gente asustada y a la defensiva. Es una imagen que no refleja la realidad y está obsoleta.
Finalmente comparto, también a nivel personal y profundamente, estos sentimientos de conmoción y de indignación. ¡Por ahí no paso! ¡Ya es demasiado! Los muros, los alambres espinados, la clasificación con números escritos sobre la piel, los muertos, los viajes inhumanos, la infinita no-asunción de responsabilidades entre los gobiernos... ¡Es demasiado! Hay que actuar ya, no hay tiempo que perder.
La segunda imagen de estos días que representa mejor a Europa no es –lo digo con una cierta tristeza– la de las cumbres europeas en las que se debaten estos temas y se producen enfrentamientos sobre las cuotas que son tolerables. La verdadera imagen, la imagen con la que me identifico plenamente, es aquella preciosa foto que circuló en las redes sociales y se hizo viral, una foto que luego apareció en todos los periódicos europeos.
Se trata de una mujer, rica, griega –y eso no es algo secundario–, no joven pero hermosa, que después de haberlo salvado de ahogarse, abraza a un joven refugiado sirio que huye de la guerra, exhausto tras trece horas en el agua. Habría muerto.
Un abrazo. La mujer explicó que decidió volver atrás después de haber pasado a su lado una primera vez con su embarcación. Es como una madre, en el sentido más profundo: te trae nuevamente a la vida.
Un abrazo. "Una tensión que lentamente deja de ser tensión para convertirse en encuentro, abrazo, en el que se confunde el que ayuda y el que es ayudado". Estas son palabras del papa Francisco: "¿Quién es el protagonista? Los dos, o, mejor dicho, el abrazo". Son las palabras que el Papa nos dijo durante la visita a la Comunidad de Sant'Egidio en junio de 2014, las que explican esta fotografía, nos ayudan a entender la profundidad de este encuentro entre quien acoge y quien huye. El abrazo transfigura a los dos. Hace que los dos vivan.
Europa, y en estos días se ve más claramente, puede reconocerse a sí misma en aquel abrazo. Recupera su credibilidad, y también su relevancia política e histórica, si con convicción utiliza su riqueza, su fuerza, para acoger a quien llega en itinerarios positivos de integración. ¡Puede recuperar incluso su juventud!
La Comunidad de Sant’Egidio allí donde está presente ha vivido y vive en estos meses una tensión por hacer más. "Os queremos", les decimos –y lo repetimos muchas veces– a estos jóvenes refugiados a los que encontramos. Tienen 12 o 13 años y emigran solos, haciendo frente a viajes imposibles, con riesgo de morir una, dos o cien veces. El 20 por ciento de los refugiados que llegan a nuestras costas son menores no acompañados. Significa que son pequeños y están solos. Entre los sirios hay muchas familias con hijos pequeños y ancianos.
"¡Os queremos!". Algunos sonríen, otros lloran, otros empiezan a jugar y a hacer fiesta como niños, porque muchos son niños... Y en cuanto niños necesitan protección y un abrazo materno para volver a sonreír. Tienen derecho a ello.
En Sicilia nuestras comunidades esperan en los puertos que lleguen los barcos que transportan humanidad doliente, acogen a los vivos y algunas veces, por desgracia, también a los muertos.
En Milán, ciudad en cuya estación central, con la comunidad judía de la ciudad, hemos levantado un centro de acogida justamente en el lugar de recuerdo de la deportación de los judíos, ofrecemos un momento de reposo y de descanso para aquellos que continúan su viaje.
En Roma, desde finales de junio, cada semana preparamos la cena y hacemos fiesta en el campamento de tiendas de la estación Tiburtina. Hacemos lo mismo, de maneras distintas, en Alemania, Hungría y España. La solidaridad de gente de todas las generaciones es sorprendente.  Muchos se unen a nosotros para ayudar.  También en Nápoles, Padua y Treviso. Este verano llegaron a Roma más de 2000 jóvenes del norte de Italia que han pedido a la Comunidad de Sant'Egidio poder ayudar a los más pobres, hablar con los refugiados. De la crisis puede surgir algo bueno: una nueva Europa.
Está cayendo el muro de la "fortaleza Europa". Cada día los muros de esta fortaleza ceden como los muros de Jericó bajo la presión de la sociedad civil. Apenas hace unos días eran impensables las noticias que llegan de nuevas aperturas por parte de Alemania, Austria, Polonia, Gran Bretaña, Francia o Islandia.
Querría ahora brevemente, con mucho gusto, decir algo sobre Albania, una tierra muy querida por la Comunidad de Sant’Egidio, que la conoció, la visitó y la amó en los años 80, antes de que cayera el régimen comunista. La historia de la emigración de Albania, vista a distancia de más de 20 años, es una historia con final feliz. Es una historia que hay que divulgar. En nuestra mesa de oradores tenemos a un ilustre y querido testigo de esta historia.
Cuando en 1991 empezaron a llegar albaneses a Italia, el país tuvo que hacer frente por primera vez, en pocos días, a un flujo enorme de personas que llegaban apiñadas en barcos. En poco más de un mes llegaron más de 25 mil personas. Recuerdo muy bien aquellos días que cogieron a todo el mundo por sorpresa, especialmente a las instituciones. Todos intentaban hacer algo, el Estado, el ejército que montaba campos de recogida de ayuda, la gente corriente. Muchos pulleses abrieron sus casas para acogerles.
Al inicio, como pasa siempre, la reacción de los italianos fue ponerse a la defensiva. La opinión pública no tenía una percepción positiva. Hizo falta tiempo. Pero hoy los albaneses son la segunda comunidad numéricamente en Italia –casi 500 mil–, están bien inseridos, contribuyen con su trabajo al desarrollo económico y social de Italia, muchos han obtenido la nacionalidad italiana. Albania está a las puertas de entrar a pleno título en la Unión Europea, y es deseable que eso suceda cuanto antes. En poco más de 20 años se ha pasado a hablar de los albaneses y de Albania en términos positivos y de crecimiento. Es un ejemplo que nos puede ayudar. Acoger puede acarrear algunos problemas, pero al final acogiendo siempre se acierta.
Muchos ciudadanos europeos y nuevos europeos lo han entendido. Pienso en los italianos, en los griegos, en los alemanes, en los húngaros –y la lista aumenta día tras día– que estos meses no han aceptado que se impusiera el miedo y el rechazo, y han ayudado como podían, han querido conocer, se han involucrado personalmente.

Como conclusión: ¿Qué debemos hacer?

En primer lugar diría que tenemos que actuar de prisa. No hay tiempo que perder.

1. Hay que reconocer, de inmediato, la protección temporal europea a los sirios, a los iraquíes y a los eritreos. La directiva europea ya existe, y solo hay que ponerla en práctica con una decisión de los países de la Unión. De ese modo se supera el bloqueo de la convención de Dublín y se pueden repartir a las personas. Por otra parte, hay que facilitar y ampliar las reagrupaciones familiares.

2. Organizar un sistema de acogida extenso, más capilar y ligero, y encauzar también la iniciativa que viene desde la base, de los ciudadanos y de las organizaciones de la sociedad civil, las parroquias. Hemos oído el llamamiento que el papa Francisco lanzó el domingo pasado en el que pidió que cada parroquia europea acogiera a una familia de refugiados.

3. Preparar puntos de acogida de "parada" para aquellos que una vez en Europa deben reunirse con sus familias o que continúan su viaje. A lo largo de todo el itinerario de los refugiados se pueden prever y disponer pequeños campos como se hace en algunas situaciones de emergencia. Sería oportuno que algunos municipios fueran "ciudades refugio".

4. Introducir el patrocinio para personas y familias. Es una práctica ya utilizada con éxito desde hace años en países como Canadá. Por otra parte, esa posibilidad ya existía en Italia, aunque fue eliminada de la legislación. La ventaja de dicha solución es que el itinerario de acogida empieza ya en los países de tránsito o de origen. Ese es el modo de hacer frente a los traficantes de personas. Poner facilidades a quien quiere ayudar a ayudar. En esa dirección la Comunidad de Sant’Egidio, la Federación de las Iglesias Evangélicas de Italia y la Mesa valdesa ya han preparado a modo experimental un proyecto autofinanciado con patrocinios que, entre otras cosas, prevé la apertura de oficina en Marruecos y en Líbano. En esta primera línea de acogida se preparan los informes de los refugiados que luego constarán en las embajadas de algunos países europeos para que emitan visados por motivos humanitarios, como ya prevé la normativa europea.

5. A medio plazo es necesario revisar todo el sistema de asilo y de inmigración europeo. Alemana, seguida de Austria, por iniciativa propia ya ha superado el sistema de Dublín. Hay que seguir dicha iniciativa y superar y revisar la convención de Dublín.

6. Aumentar la cooperación en los países de origen de los refugiados.

7. Lo digo en una frase pero es un trabajo igualmente importante: hay que trabajar en los procesos de pacificación de los países en guerra. La paz es la respuesta más eficaz, duradera y laboriosa. En esa respuesta –y en la acogida– Europa no debe ser un sujeto irrelevante sino un protagonista.
 

#peaceispossible
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