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Evangelio según S. Lucas


 
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I Estación
La traición y la amistad

Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles y les dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios.» Tomó luego una copa, dio gracias y dijo: «Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios.» Tomó luego pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» De igual modo, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que se derrama por vosotros. «Mirad, la mano del que me entrega está aquí conmigo sobre la mesa. Porque el Hijo del hombre se marcha según está determinado. Pero, ¡ay de aquel por quien es entregado!» Entonces se pusieron a discutir entre sí quién de ellos sería el que iba a hacer aquello. Entre ellos hubo también un altercado sobre quién de ellos parecía ser el mayor. Él les dijo: «Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve. Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. «Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas; yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
«¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.» Él dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte.» Pero él contestó: «Te digo, Pedro, que antes de que hoy cante el gallo habrás negado tres veces que me conoces.» Y les dijo: «Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿os faltó algo?» Ellos dijeron: «Nada.» Les dijo: «Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome, y lo mismo alforja, y el que no tenga, que venda su manto y se compre una espada. Porque os digo que es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: Ha sido contado entre los malhechores. Porque lo que se refiere a mí toca a su fin.» Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas.» Él les dijo: «Basta.»
(Lc 22, 14-38)


Duccio di Buoninsegna
La última cena


«Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer». Estas palabras de Jesús llegan hasta nosotros y explican quizá por qué a veces, en nuestra vida, nos hemos encontrado en su mesa. No por mérito, por recursos, por capacidad, sino por un ardiente deseo del Señor mismo. Ha deseado ardientemente cenar con los suyos. Es él el que ha querido no estar solo en esta mesa. Es paradójico pero es realmente así. Mientras muchos de nosotros se avergonzarían de declarar no querer estar solos, Jesús, que todo lo puede, no esconde su deseo. De esta forma, su invitación ha llegado hasta nosotros.

Se ha sentado a la mesa con todos, también con quien le traiciona. Tomó el pan, dio gracias, se lo dio, e hizo otro tanto con el cáliz. Estaban juntos para vivir la Pascua y Jesús hablaba para que comprendieran el gran don de la cena con él. Su palabra les tocó, les turbó, y empezaron a interrogarse mutuamente. La palabra de Jesús hace que la comunidad se interrogue alrededor de la mesa. La palabra del Señor penetra en lo más profundo del corazón y de la vida. Nos hace contemporáneos de lo que está sucediendo alrededor de aquella mesa y de la pasión del Señor. A veces nos turba estar tan cerca de él. Estamos turbados ante este Señor que en Jerusalén está viviendo su Pascua. Esta turbación se manifiesta también en la fatiga en seguirle en estos momentos, cuando su enseñanza está hecha cada vez de menos palabras y de más vida vivida por él mismo. Por esto, ante el comportamiento de los discípulos, Jesús explota en un “¡Basta!”.

¿Por qué? Aquellos discípulos, a pesar de estar cerca, a pesar de haber escuchado tantas veces su palabra, no comprendían lo que le estaba sucediendo. Su corazón estaba endurecido: no lograban comprender o quizá no querían comprender. Jesús les había llamado cerca de él, a su mesa, para explicar lo que estaba sucediendo. Un momento difícil, trágico, la hora en que pasaría de esta vida a la muerte. Trataba con sus palabras de explicarles el sentido de ese momento dramático: “Es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: Ha sido contado entre los malhechores. Porque lo que se refiere a mí toca a su fin”.

Estaban cerca de él, estaban a la mesa con él, pero eran lejanos y no comprendían. Se acercaron y le dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas». Querían defenderse en caso de que fuera necesario. Aquel “¡Basta!” expresa el sentimiento de Jesús ante los suyos, a los que todavía les costaba creer lo que significaba ser discípulos. Es un grito que llega hasta nosotros. Expresa el amor de un maestro humillado por la incomprensión a lo largo de sus enseñanzas. Expresa el dolor de un amigo que no se siente comprendido.

No sabemos cuándo habían comprado las espadas los dos discípulos, ni dónde las habían guardado, ni si las llevaban consigo desde Galilea en sus alforjas, por si hubiera sido necesario defenderse. El hecho inquietante es que hay espadas escondidas en las alforjas, en el corazón, en la vida de los discípulos. Estas espadas son ciertamente un signo de desconfianza y de violencia que persiste en su corazón. Manifiestan la desconfianza en la Palabra del Señor, única espada verdadera para los creyentes. Por lo demás, entre los discípulos hay con frecuencia manifestaciones de ira y de espíritu pendenciero.

De hecho, estando a la mesa surgió entre ellos una discusión acerca de quién debía ser considerado el más grande. El Señor dijo: “No sea así entre vosotros”. La discusión sobre cuál de ellos es más grande es la prueba, si fuera necesaria, de que los discípulos no han comprendido quién tienen cerca. “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” –dice Jesús. Por el contrario, los reyes de las naciones y los que tienen el poder y son llamados benefactores corren el riesgo de ser un modelo para los discípulos. La discusión es una forma de dar la espalda al Señor, y no darse cuenta de que él está en medio de nosotros como el que ha preparado la mesa, como el que ha lavado los pies a sus amigos. ¿Por qué discutís de esa forma? “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve”. Pero los discípulos discuten entre ellos.

Simón Pedro se siente fuerte, cree que se las puede arreglar solo. El Señor le había hablado para que, después de ser cribado como trigo, su fe no se viniera abajo. «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte» -dijo el apóstol. Mientras habla así, Pedro está dominado por su coraje y su idea de sí. «Te digo, Pedro, que antes de que hoy cante el gallo habrás negado tres veces que me conoces» -le rebate Jesús. Simón Pedro no acepta pasar a través de su debilidad y su pecado (“Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo”) para después arrepentirse y confirmar finalmente a sus hermanos. El discípulo maduro es el que pasa a través de la debilidad y del encuentro con la fuerza del mal. Pero Simón Pedro responde: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte».

No comprenden al Señor, porque no son ni tan pobres ni tan simples como para escuchar su palabra: deben añadir cosas, deben discutir. En medio de ellos está también la sombra de Judas. Él se sienta a la misma mesa. ¿Quién es Judas? Parece la expresión ruda del mal, alguien que por treinta denarios vende al Señor. Ese dinero es una recompensa sucia, indigna de ser conservada en el tesoro del templo. Según nuestra perspectiva, su traición se presenta tan vulgar como para parecer estúpida, sin motivo ni ventajas. En verdad, Judas lleva a sus consecuencias extremas un clima de desconfianza y desilusión que se había creado entre los discípulos: “Entre ellos hubo también un altercado sobre quién de ellos parecía ser el mayor”. Judas razona a partir del deseo de ser considerado más grande, de salir de las dificultades y de la insatisfacción venciendo a los demás. Judas manifiesta el deseo de prevalecer sobre de los demás, el gusto de envilecer a los demás, el fastidio de ser como los demás. Cuando sale del lugar donde estaban reunidos a la mesa con Jesús, obedece al deseo de vivir finalmente para sí mismo, buscando su interés a toda costa. Judas, es inútil negarlo, tiene también ganas de matar. Este rencor asesino le hace siempre lejano, diferente. Pero no es tan diferente. Siempre hay un deseo de eliminar a quien contrasta con nosotros o a quien nos inquieta, incluso en la gente común. En muchos hay este deseo de eliminar a los demás, aunque sea de forma moderada o camuflada.

Este deseo de eliminar a una persona tan buena puede parecer perverso. Es la voluntad de mostrar a uno mismo y al mundo que no hay personas mejores que nosotros. No es extraño. Existe también en el mundo, en la ciudad, en las familias, en las casas, en el trabajo, y, desgraciadamente, también en las experiencias religiosas. Está en la vida. A veces crece sin pensarlo, y se alía con muchos rencores y miedos. Se convierte en odio de grupo que manifiesta su razón de existir contra los demás. Claro, normalmente no es un deseo violento como el de Judas. Pero incluso el débil a veces alberga dentro de sí un deseo de hacer mal, de humillar al que es mejor, de apagar los testimonios. Se ve en la multitud.





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