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VIII Estación


 
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VIII Estación
La muerte

Los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: «Tú que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres hijo de Dios, y baja de la cruz!» Igualmente los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo: «A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: `Soy hijo de Dios.'» De la misma manera le injuriaban también los salteadores crucificados con él. Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: «¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?», esto es: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo algunos de los que estaban allí decían: «A Elías llama éste.» Y enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber. Pero los otros dijeron: «Deja, vamos a ver si viene Elías a salvarle.» Pero Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu. En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron. Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron. Y, saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. Por su parte, el centurión y los que con él estaban guardando a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: «Verdaderamente éste era hijo de Dios».
(Mt 27,39-54)


dal film
"Il vangelo secondo Matteo"
di Pier Paolo Pasolini
La morte di Gesù


Aquél fue un día extraño: la tierra tembló, como un terremoto. Pero la cosa más sorprendente fue que había sido asesinado el liberador del mundo.

Han ido a gritarle a la cara el motivo por el que le han asesinado, con una sinceridad salvaje, sin respeto ni siquiera hacia un cuerpo crucificado, lleno de llagas y moribundo. «Tú que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo!» le decían los que pasaban que ni siquiera se detenían ni en un acto de piedad ante un hombre medio muerto. Y los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos del pueblo decían: «Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: `Soy hijo de Dios.'» Y también decían: «A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse». Le desprecian por su impotencia. En verdad, no se ha salvado a sí mismo porque no ha querido vivir para sí.

Habría podido huir de Jerusalén, renunciar a su Evangelio. Pero no ha vivido para sí. Ha salvado a los demás, es verdad, les ha curado, les ha ayudado, les ha consolado, les ha amado, les ha reconfortado de su miseria. Vivía para ellos, no para sí, confiando en Dios, como en el huerto de los olivos. También ahora la serenidad le venía de la confianza en el Padre. Vivir para uno mismo, es, sin embargo, perder la confianza en el Padre. Salvarse a sí mismo es verdaderamente la propuesta del mal, la tentación de los días del desierto, que ahora se repetía ante un hombre en una situación todavía más extrema, ante un vencido, ante un pobre cuerpo colgado de la cruz.

Sí, Jesús es un vencido: solo, abandonado por todos, moribundo. Sólo algunas mujeres le seguían de lejos: María Magdalena, la madre de Santiago, la de los hijos de Zebedeo. Estaba oscuro alrededor de Él. Hasta sus ojos, en el dolor, en el sentido de final, se apagaban. En un momento determinado, mientras oscurecía y el dolor le torturaba, salió un grito de su boca. Eran casi las tres: «¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?», que significa: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?». Son las primeras palabras del salmo 22. Jesús lo entona con el último aliento del moribundo.

“Clamó con fuerte voz”, dice el Evangelio. Quizá toda su fuerza estaba en esa voz, en aquel Salmo 22 que sigue así: “Estás lejos de mi queja, de mis gritos y gemidos. Clamo de día, Dios mío, y no respondes, también de noche, sin ahorrar palabras. Todos cuantos me ven de mí se mofan, tuercen los labios y menean la cabeza: «Se confió a Yahvé, ¡pues que lo libre, que lo salve si tanto lo quiere!»”

Son palabras dramáticas: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» Jesús entona este salmo con el grito de las últimas fuerzas, pero no hay nadie, como ante el lecho de un moribundo, que rece con él, que le ayude a repetir este salmo hasta el final. Uno allí presente comprende mal, piensa que está llamando a Elías. Se agitan un poco, hasta que Jesús lanzó su último gran grito. Fue la última vez que este mundo escuchó su voz. Y su última palabra fue un gran grito.

Aquel salmo no fue terminado, quedó incompleto en sus labios: es el salmo de la soledad, un grito a Dios desde el abismo que queda a media voz. Pero el salmo continúa y concluye así: “Me hará vivir para Él, hablarán del Señor a la generación futura, contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: todo lo que hizo el Señor”. Este salmo espera todavía hoy ser concluido. El grito llega hasta nosotros. Aquel silencio de muerte nos interroga a todos. Aquel grito espera ser recogido, aquella palabra del Evangelio espera ser acogida, aquella cruz espera ser comprendida. No basta con sepultar el cuerpo de Jesús con piedad, como hacen los hombres ricos y píos, hay que hacer para que Jesús pueda vivir, para que nadie más acabe así. Hay que vivir, hay que amar y creer para que nadie más muera así.





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