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III Estación


 
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III Estación
El sueño para no mirar a un derrotado

Van a una propiedad, cuyo nombre es Getsemaní, y dice a sus discípulos: «Sentaos aquí, mientras yo hago oración.» Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia. Y les dice: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad.» Y adelantándose un poco, caía en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de él aquella hora. Y decía: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.» Viene entonces y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: «Simón, ¿duermes?, ¿ni una hora has podido velar? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil.» Y alejándose de nuevo, oró diciendo las mismas palabras. Volvió otra vez y los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados; ellos no sabían qué contestarle. Viene por tercera vez y les dice: «Ahora ya podéis dormir y descansar. Basta ya. Llegó la hora. Mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.¡Levantaos! ¡vámonos! Mirad, el que me va a entregar está cerca.»
(Mc 14, 32-42)


Duccio di Buoninsegna
Preghiera nell'orto degli ulivi


Emerge toda la insensibilidad de los discípulos: ‘No os quedéis lejos’ –dice Jesús- «Sentaos aquí». Tomó consigo a tres de ellos y les dijo: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad». Le vieron echado en tierra, rezando, pero él, al levantarse, les encontró dormidos. Les despertó y se retiró de nuevo para rezar, y les volvió a encontrar poco después dormidos “pues sus ojos estaban cargados; ellos no sabían qué contestarle”. Se pone de manifiesto el embarazo y la dificultad para estar cerca del que sufre. Aflora toda la insensibilidad del que es orgulloso y está dominado por sí mismo, del que no se deja tocar ni por la palabra ni por el dolor ajeno: dormían.

Ante esta actitud aparecen la angustia y el miedo de Jesús. Él no esconde su tristeza por la muerte cercana, por el sufrimiento que va a tener que afrontar, por la lejanía de sus amigos. Por encima del miedo y de la angustia domina la difícil confianza en el Padre que le ama. Es una lucha interior. La angustia y la tristeza se convierten en una oración que hace posible que este hombre sea capaz, en un momento tan difícil, de no pensar sólo en sí mismo sino también en sus discípulos. Tres veces se distancia de su drama personal y va a encontrarles. Tres veces les encuentra dormidos. Al final les ofrece una ocasión, su última enseñanza: “¡Levantaos!”. Es el último grito a una humanidad adormecida, atontada e insensible: “¡Levantaos!”.

Jesús solía ir a Getsemaní cuando se encontraba en Jerusalén. De hecho, Judas sabía bien dónde encontrarle. Era como su lugar de retiro y de reposo, apenas fuera de las murallas de la ciudad. Aquí dijo a sus discípulos: «Sentaos aquí, mientras yo hago oración». Tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Son los tres que habían vivido con él la feliz experiencia de la transfiguración, cuando vieron al Maestro iluminado por una luz profunda y hablando con Moisés y con Elías. Fueron felices en el monte de la transfiguración. Se habrían quedado allí para siempre, hablando con él en esa situación. Pero ahora la transfiguración es bien distinta. Para ellos es como una “contratransfiguración” porque no conciben un Dios derrotado. Sobre el monte Tabor habían escuchado una voz del cielo que le proclamaba hijo de Dios. Habían entrado con él en otro mundo, como entre el cielo y la tierra, el mundo de los profetas y de los justos, ellos que eran los desgraciados de Galilea. Habían sentido una sensación extraordinaria, como la que en ciertos impulsos de fe experimentamos también nosotros: momentos de fe, de oración común, de liturgia, de celebración, de alegría. En aquel Getsemaní, la transfiguración se produce de una forma muy distinta: aquel maestro, firme y sereno en tantos momentos difíciles, ahora se presenta diferente. Dice el Evangelio: “comenzó a sentir pavor y angustia”. Jesús se confiesa: «Mi alma está triste hasta el punto de morir». Pide ayuda y compañía: «quedaos aquí y velad».

No quiere morir. «Todo es posible para ti», dice en la oración: «Aparta de mí esta copa». Un hombre reducido de tal manera es demasiado humano, demasiado débil, demasiado destruido, ni siquiera conmueve. Tan sólo da un poco de miedo.¿Y si nos hubiéramos confiado a ese equivocado? ¿Qué será de mí? Mal que bien le habían seguido hasta Jerusalén, le habían escuchado como alguien que hablaba con autoridad, una autoridad serena y firme. ¿Dónde está ahora su autoridad? Jesús está ahí, echado por tierra, asustado, angustiado. Depende tanto de sus amigos que les pide que se queden con él, que le hagan compañía en este momento de angustia. Pero ese es precisamente el momento en que, mucho más que otras veces, los suyos le abandonan: “los encontró dormidos”.

Entonces Jesús habló a Pedro, que poco antes le había dicho: «Aunque todos se escandalicen, yo no». Le reprochó: «Simón, ¿duermes?, ¿ni una hora has podido velar?». La transfiguración de Jesús en este momento es la apariencia de un hombre débil. No conmueve a sus amigos, parece que ha perdido su autoridad. Ni siquiera Simón escucha sus palabras, es más, cuando Jesús vuelve de la segunda oración le encuentra dormido. ¿Habían acabado así las enseñanzas, el cariño, y la amistad que habían unido a los discípulos con el maestro? Veían que no era un líder, que ya no era un jefe, sino un pobrecillo angustiado y con miedo, necesitado, y, sobre todo, dependiente. La transfiguración de Getsemaní completa la del monte Tabor. En la oscuridad de Getsemaní se vislumbra un hombre, un pobrecillo, un deshecho humano, un condenado a muerte.

Jesús no es muy diferente de un enfermo terminal, de un hombre o una mujer con el cuerpo transfigurado por la enfermedad. Cuando embrutecemos, ya no somos atractivos y damos más miedo que pena. En el capítulo 53 del profeta Isaías se lee: “Despreciado, marginado, hombre doliente y enfermizo, como de taparse el rostro por no verle. Despreciable, un Don Nadie”. Como un enfermo terminal que da miedo, porque recuerda la debilidad humana, como un enfermo de sida del que se teme el contagio y horroriza, como un condenado a muerte, como un anciano abandonado en un asilo, que de humano parece conservar bien poco, apenas el nombre... Es un contacto a evitar. Hay que mantenerlo lejos para evitar contaminarse. Y los discípulos duermen para no ver ni escuchar. Tiene lugar la transfiguración de Jesús, la transfiguración que completa el rebajamiento final. Por eso viene el sueño, para no ver a este líder convertido en un hombre más débil que los demás, un pobrecillo, uno cualquiera, habiendo esperado tanto.





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