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II Estación


 
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II Estación
De la fuerza al miedo, del orgullo a la debilidad

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el sumo sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo.
Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el atrio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?» Dice él: «No lo soy.» Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas.¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho.» Apenas dijo esto, uno de los guardias, que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al sumo sacerdote?» Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?» Anás entonces le envió atado al sumo sacerdote Caifás.
Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?» Él lo negó diciendo: «No lo soy.» Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con él?» Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.
(Jn 18,12-27)


Caravaggio
Negaciones de Pedro


Estamos ante dos historias paralelas, la de Jesús en manos de los grandes sacerdotes Anás y Caifás; y la de Simón Pedro que sigue de lejos.

Jesús fue apresado por el destacamento de guardias, le ataron y le condujeron primero ante Anás, suegro del sumo sacerdote Caifás. A continuación fue interrogado, abofeteado por una respuesta suya que fue considerada arrogante, y enviado por Anás a Caifás, siempre atado. Es la historia dramática de un hombre que empieza a recorrer el camino cuesta abajo de un condenado a muerte. Es paradójico, pero sus jueces tratan de que él mismo aporte las pruebas de su culpabilidad.

Jesús, débil y atado, no cede a la desesperación que vuelve unas veces agresivos y otras serviles. Los que le interrogan tienen el poder de enviarle a la muerte. Pero Jesús responde con calma. Cree en las palabras: “He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos”. Y, después de la bofetada del guardia, Jesús responde: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». ¿Por qué se pega y no se habla? Detrás de la violencia se esconden el rechazo y el miedo a las palabras.

También está la historia de Simón Pedro que discurre junto a la de Jesús: es la historia de un hombre que cuenta más con su fuerza, hasta volverse violento. Es un discípulo convencido de sí mismo hasta el punto de no aceptar ser contradicho ni siquiera por Jesús. Pero le vemos fuera de la puerta, siguiendo a Jesús de lejos. Es un hombre que tiene frío en el cuerpo y dentro de sí: está preocupado por sí mismo, tiene miedo, está dominado por una mezcla de tristeza y de sueño. El drama principal es el de Jesús, pero Simón Pedro no puede dejar de pensar en su propio drama. No puede dejar de pensar en el riesgo de verse implicado, acusado de complicidad, y en el fracaso de un sueño. Sin embargo, no renuncia a seguir a Jesús junto a otro discípulo.

El fuerte Pedro se asusta ante una joven portera que le preguntó: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Pedro había sacado la espada y herido a un siervo del sumo sacerdote. Se mostró valiente, pero después se le ve en toda su debilidad, mientras está a la puerta, fuera del patio del sumo sacerdote. Parece que se quiere mantener a distancia para no implicarse demasiado. Después, el otro discípulo le hace entrar. Pedro tiene tanto frío que se calienta en el fuego. Es un hombre debilitado que busca estar junto al fuego encendido. De hecho, no resiste ante las preguntas insistentes: «¿No eres tú también de sus discípulos?» y: «¿No te vi yo en el huerto con él?». Para él, es instintivo traicionar, mientras piensa que es demasiado débil como para poder hacer otra cosa. La conmiseración por sí mismo y el miedo le dominan. Niega tres veces.

En muy poco tiempo tiene lugar el paso repentino de la fuerza al miedo, del orgullo a la debilidad. Es la historia de un hombre que, después de haber envainado la espada, sigue de lejos. No así el otro discípulo. Quizá se trataba de aquel que el evangelista llama “el discípulo que Jesús amaba”, él mismo en definitiva, Juan. Este “otro discípulo”, no se contenta con estar fuera. Quiere seguir a Jesús hasta el patio y aprovecha su conocimiento del sumo sacerdote. Tampoco quiere que Pedro permanezca fuera, y, hablando con la portera, consigue que el apóstol pueda entrar.





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