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III Estación


 
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III Estación
¿Por quién apostamos ahora?

De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera hacia ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?» Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado.» Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley.» Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie.» Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir.
Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?» Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?» Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí.» Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres rey?» Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.» Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?» Y, dicho esto, volvió a salir hacia los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al rey de los judíos?» Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!» Barrabás era un salteador.
(Jn 18,28-40)


Duccio di Buoninsegna
Ante Pilato


Por una parte, está la fuerza del Estado representado por Pilato; por otra, la de la conjura contra Jesús, con la que los jefes del pueblo quieren la muerte. La fuerza de la multitud se convierte en fanatismo y violencia cuando grita: «¡A ése, no; a Barrabás!». Ante esto, Jesús aparece en toda su debilidad. ¿Conviene apostar por él? No es una pregunta tan extraña. Los discípulos han sido los primeros en ponérsela. Es la pregunta que, de forma sumisa, aunque no queramos confesarlo ni siquiera a nosotros mismos, subyace en nuestros pensamientos, en los razonamientos que acompañan nuestros proyectos en la vida. ¿Qué garantías nos dá ese débil para el presente y para el futuro? ¿Cuál es su fuerza? ¿Cuál es su reino?

«Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí» -responde Jesús al gobernador romano y añade: «Sí, como dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Es la respuesta de Jesús a Pilato que le interroga. Debemos confesar que no son las palabras que quisiéramos que dijese. No le salvan, no dan a Pilato la ocasión para salvarle, no nos aseguran ni siquiera a nosotros.

El reino de Dios se configura de forma diferente al dominio de Pilato. Es profundamente diferente a la autoridad del imperio romano. No tiene nada que ver ni siquiera con el poder más pequeño, pero extremadamente concreto, de un grupo de fanáticos que alimentan una conjura contra aquel hombre. El reino de Jesús no es de este mundo, pero pasa por las calles de este mundo. Sus siervos no combaten con la espada: ha venido para dar testimonio de la verdad, y quien es de la verdad escucha su voz. ¡Extraño reino! Es rey, es más que los reyes: su palabra y su presencia remueven las profundidades de la historia y de la humanidad, pero esto no es inmediatamente evidente. Este reino no se impone con la evidencia de la fuerza, de la política o de las instituciones. Ante nuestros ojos habituados a la exterioridad, en la balanza de fuerzas, todo esto no parece tener la suficiente garantía ni ser un buen motivo como para encontrarse entre sus siervos.

¿Se puede ser testigo de la verdad de un hombre tan débil en nombre de un reino tan frágil? La multitud no tiene grandes dudas. Sabe por instinto lo que cuenta y lo que vale. Está contra Jesús. Es una multitud de derrotados. No obtendrá la victoria sobre los romanos, pero se siente mejor cuando dice “no” a Jesús y cuando escoge en su lugar a Barrabás, un salteador, un fanático que cree en la violencia.

Releer esta página del Evangelio pone con una aguda simplicidad a cada uno una pregunta de fondo: ¿Por quién apostamos ahora? ¿Cómo salir de la lógica de la multitud?





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